Me voy a Madrid a pasar este fin de semana largo. Curiosamente, coincide con el día del Pilar (o de la Hispanidad, o de la Raza o como quieran llamarlo), así que seguramente me encontraré en el epicentro de todas las celebraciones de ‘españolía‘ que se prevén este fin de semana. No, no voy a realizar ningún ‘gesto que muestre mi orgullo de ser español’, como dice Rajoy. No lo necesito. Sé cómo me siento y, más importante aún, sé lo que soy.

Tengo amigos allí, así que seguro que lo pasaré bien. Por si acaso, he planeado algunas actividades. Mi mujer quiere ir al zoo para ver a los recién llegados osos panda; a mí me tienta más ir al museo del Real Madrid para ver cómo lo tienen organizado. Llevo la camiseta conmemorativa del centenario del Barça en la maleta y una cámara de fotos en la bolsa, pero tengo que pensarme muy seriamente si visitar el coliseo merengue ataviado con ella o de una forma más discreta.

He viajado unas cuantas veces a la capital del reino y siempre he visto gente pasear con normalidad luciendo la camiseta blaugrana, así que eso no me supone ningún problema. Estoy seguro de que, al igual que ocurre en Catalunya, la gente de Madrid está mucho más cuerda que sus políticos soflameros. Lo que no tengo tan claro es que gran parte de la ‘fauna’ (con perdón, o no…) que se reunirá allí con motivo de los fastos esté tan lúcida. Si aquí hay cuatro gilipollas que queman fotos de la familia real y tenemos que aguantar las calumnias que desde una enCOPEtada emisora se nos lanzan -día sí y día también-, prefiero no pensar lo que los cuatro gilipollas de allí (que los hay en todas partes) podría pensar al verme vestido con la camiseta que lució Luis Enrique (aunque no llevo nombre ni número).

Muchas veces hemos criticado el bajo nivel de la prensa deportiva española y siempre me he negado a creer que sea la que nos merezcamos. Por eso, me resisto a pensar que esa clase política manipuladora, incendiaria, demagoga, populista y bastarda (la una y la otra, los de aquí y los de allí) sea la que nos hemos ganado a pulso.

Por eso, mañana cogeré el coche (con matrícula de Barcelona, que ya tiene unos años) y me chuparé los seiscientos y pico kilómetros que separan mi ciudad de Madrid. Y disfrutaré del mismo modo que cuando viajo a Londres, París o Roma: del modo que cualquier persona lo hace cuando llega a una ciudad cosmopolita y se da cuenta de que todos esos tópicos que lanzan quienes sólo se acuerdan de los ciudadanos cada cuatro años, no son más que una mentira más grande que la catedral de Burgos. ¡Que les den a todos por donde amargan los pepinos!

Y, como cada vez que voy a Madrid en coche, intentaré hacer una parada en alguno de los magníficos restaurantes de Zaragoza. Si no puedo en El Cachirulo (supongo que estará abarrotado el gran día de la capital aragonesa), me conformaré con Casa Pascualillo o con cualquiera de las tascas de El Tubo. Porque lo que de verdad importa es saber disfrutar de la vida como a uno le apetece, no como te diga nadie.

Feliz fin de semana.