4’52”. Los 292 segundos que duró la respuesta de Guardiola que ha desatado ríos de tinta desde ayer (y a saber hasta cuándo, probablemente in eternum) son el exponente de hasta dónde puede llegar la paciencia de una persona antes de explotar.

Sí, he dicho persona a conciencia, porque lo que ayer vimos no es una declaración de un técnico de fútbol, sino de un tipo con nombre y apellidos que no ha recibido desde que se fue más que puyitas que se tornaron disparos para acabar desembocando, finalmente, en cañonazos.

El hoy entrenador del Bayern llevaba más de un año sin abrir la boca para referirse al Barça. Ganó la Copa del Rey frente al Athletic en el Calderón, decidió irse a Nueva York y guardar, desde entonces, silencio absoluto. Jamás dijo una palabra más alta que otra (de hecho, no dijo apenas nada) para referirse al club en el que construyó el mejor equipo de fútbol de la historia. O, al menos, de la historia reciente.

Aquel día, si no antes, comenzaron a hacerse públicos -que no a gestarse- los incipientes toques a Guardiola. El primero de ellos fue acusarle de cobarde, de no querer enfrentarse a Mourinho un año más o de huir despavorido al dejar de ganar. Frente a eso, Guardiola esgrimió el famoso “me he vaciado” que fue más escuchado que el “si no me voy, nos haremos daño”.

Ingenuo. El daño lo iba a sufrir igual. Un ejército de juntaletras comenzó a afilar sus lápices y sus viejas Olivetti y a soltar una tan larga como espaciada retahíla de sandeces, movido quién sabe por qué razones. Liberados de la figura del entrenador-portavoz-presidente de facto, muchos columnistas dieron por abierta la veda y comenzaron a ejercer de portavoces del establishment culé. Algunos, incluso, escribiendo al dictado.

A las acusaciones de cobardía (argumento que usaron también tras fichar por el Bayern) siguieron las comparaciones sobre su faceta humana -en este caso desde la propia junta directiva-, los libelos que hablaban su presunta inhumanidad frente al cáncer de su sucesor o, el más reciente, el presunto menosprecio a la capacidad de Tito para encajar a Messi y Neymar. Menosprecio, este último, que copó tantas portadas y entrecomillados en toda la prensa del país como minúsculas a la hora de recoger el desmentido.

Guardiola -al contrario que su fútbol- no es perfecto. Nadie lo es. Es un tipo peculiar, vehemente, inquieto, obsesivo en el trabajo y eso, guste o no, define su forma de actuar. Sin ese carácter, probablemente no sería un entrenador de éxito, como tampoco habrían sido lo que fueron Eto’o o Stoichkov.

Pero acusar a Guardiola de dividir al Barça resulta hilarante, si no sonrojante. ¿Con la junta anterior demandada en los tribunales es Guardiola quien divide al barcelonismo? ¿Con el menosprecio a Cruyff? ¿Con auditoras como KPMG dejando su prestigio por los suelos en la asamblea de compromisarios? ¿Con abstenciones -estas sí, cobardes- a la hora de votar acciones de responsabilidad? ¿Con socios marioneta llevando a expresidentes al juzgado? ¿Con directivos que hacen negocios con países de Oriente Medio? ¿Con prensa que calla los problemas judiciales del presidente en Brasil? ¿Con qué, entonces?

La división del barcelonismo viene de lejos y permanecerá siempre viva porque forma parte de la esencia del club. No tiene remedio y quizás sea mejor así, porque si 292 segundos nos bastan para embestir a la única persona que estuvo cerca de lograr la unidad durante cuatro años, es que no la merecemos.