Debo reconocer que afronté el Real Madrid-Barça de ayer con una tranquilidad extraña, supongo que por la numerosa y eufórica compañía que me contagió su entusiasmo.

Desde siempre, este tipo de partidos han despertado en mí un aluvión de sensaciones contradictorias, donde conviven la esperanza y la fe en la justicia del fútbol con los palos que nos hemos llevado los culés a lo largo de muchos años, casi todos por culpa de una filosofía que desdeñaba la creación de un modelo claro en favor de comprar al Maradona, al Schuster o al Rivaldo de turno.

Eso se ha acabado. No sé cuánto durará, pero ahora debemos aprovechar una situación idílica que no sólo nos ofrece unos resultados que rozan la infalibilidad, sino que, por encima de todo, nos permiten ver al mejor equipo de fútbol que he conocido en mis más de cuarenta años.

El partido de anoche fue brutal. Si el chorreante 2-6 de mayo de 2009 nos hizo flotar durante meses, el de ayer nos confirmó que el Barça de Guardiola maneja los tiempos dentro y fuera del campo. Juega con el rival, se despista en contadas ocasiones y, sobre todo, no falla cuando no toca hacerlo.

Desde que Pep Guardiola dirige al equipo, todas las grandes batallas se han saldado a su favor. Y de nada sirven las críticas por fomentar el silenzio stampa o los intentos de mucha de la prensa de Madrid  -antes del partido- de recrear el combate Frazier-Alí cuando allí iba a estar Alí, sí, pero peleando contra Poli Díaz.

El castillo de naipes sobre el que se ha edificado el equipo blanco cayó de golpe. Y lo hizo por el partido del Barça, sí, pero también por la perniciosa actuación de “El Contorno” al que hacía referencia mi amigo Shojan en este mismo blog hace unos días.

Mientras la prensa de Madrid, encabezada por el autoproclamado gurú Inda (a.k.a. el Piscinas), se empeñe en tratar de matar moscas a cañozanos y se ensañen con un técnico que está haciendo un buen trabajo, los aficionados del Barça deben estar tranquilos. Si su solución es gastar otros 200 millones para intentar asaltar la hegemonía culé, durmamos a pierna suelta.

Que dure.