Siempre quise ser periodista. No me recuerdo de niño soñando con ser futbolista, astronauta o esas profesiones que se supone que todos anhelamos cuando somos pequeños.

Retrocedo unos cuantos años atrás (cada vez más) y me veo enganchado a una radio o, mejor dicho, a uno de aquellos transistores que mis primos me traían -hubo más de uno y de dos- en sus visitas desde Las Palmas de Gran Canaria, donde vivían.

Soy de los que disfrutaba con el Carrusel Deportivo de Joaquín Prat, Vicente Marco y García a pie de campo y de los que, para desempacharse de los anuncios de “Anís Castellana, el anís de España” y “Fino CB de Alvear” zapeaba (cuando no sabíamos que significaba ese verbo) al Tablero Deportivo de Radio Nacional con Santiago Peláez.

Siempre amé la radio. Disfruté a Puyal, a García, a Àlex Botines, a Juan Manuel Gozalo y su Radio Gaceta de los Deportes, a Miguel Ángel Valdivieso y sus interminables narraciones de los goles del Barça… Incluso los principios de De la Morena me parecieron originales.

Hoy me resultaría difícil encontrar una figura que mantuviera un cierto paralelismo con aquella radio y con aquel modo de hacer periodismo, si extendemos esa filosofía a la prensa escrita.

Tengo la sensación de que el periodismo que se estila hoy -salvo contadas excepciones- es más negocio que oficio, más propaganda que información, más toma-por-tonto-al-público que ahí-tienes-algo-para-reflexionar. Y es triste.

Y lo es no porque no haya buenos profesionales, que los hay, sino porque los consejos de redacción parecen dirigidos por comisarios políticos que marcan una línea editorial de la que es difícil desviarse. Comisarios políticos que, bien pensado, son comisarios económicos. “No importa lo que escribas ni lo zafio que sea mientras, eso sí, haga subir las ventas”.

El comisario decide y los reporteros obedecen. Comprensible, especialmente si tenemos en cuenta que estamos en crisis, que la gente -y los periodistas también somos gente- tiene hipotecas que pagar y que encontrar trabajo no es tarea fácil.

Así que me veo tragando durante algún tiempo con argumentos como “Mou es Dios, Pep mea colonia”; “Mouriño es un chulo, Guardiola es Teresa de Calcuta”; “Si gana el Madrid, bien; si lo hace el Barça, hay conspiración”. Vamos, lo que venimos viendo desde hace muchos meses (si no años) en los principales periódicos deportivos.

Lo peor de todo no es que nos tomen por tontos sino que, a tenor de las cifras de ventas y las audiencias de radio y televisión, debemos serlo. Porque tragamos y lo hacemos con gusto. O eso parece.
El ejemplo lo tenemos en estos 18 días en los que el Barça y el Madrid se van a enfrentar cuatro veces. Cada vez estoy más convencido de que esa coincidencia ha hecho más daño que bien.

Daño a la gente, cansada de tanto partido. Daño al consumidor de prensa, que traga y traga sobredosis de propaganda. Daño al fútbol, que parece formado sólo por estos dos clubes. Y daño al periodismo, que ha visto que si ya es difícil llenar páginas y minutos a lo largo de la temporada, mucho más complicado es huir de los tópicos. Ahí está la clave: los minutos y las páginas se llenan, muchas veces -las más- sin pensar en si se hace con un nivel de calidad mínimamente aceptable.

¿A quién ha hecho bien todo esto? Para empezar, al Señor PRISA, que es capaz de tomarnos por idiotas con el asunto del Villarato al tiempo que se hace con los derechos de la Champions League pocos días después de despedir a 2.500 profesionales. Tampoco le ha ido mal al Señor Unidad Editorial, que a diario insulta la inteligencia del lector con las portadas de Marca y, sin embargo, incrementa sus ventas. El Señor Grupo Godó también se ha aprovechado dando protagonismo al deporte (mejor dicho, al Barça) en sus medios. En cuanto al Señor Grupo Zeta, hace tiempo que no se le ve demasiado y que Sport, iniciador de esta política de periodismo de bajo nivel, quedó relegado a un segundo plano.

Otro tema es el asunto de las tertulias como Punto Pelota y similares, un formato que criticamos mucho pero que no debemos olvidar que nació en Sant Cugat con “El Rondo”, aquella tertulia (si los del Café Gijón levantaran la cabeza…) que dirigía Alfonso Arús en el circuito catalán de TVE antes de dar el salto a toda España y que puso de moda los gritos y la ininteligibilidad que ahora ejemplifican Pedrerol y su cohorte. Pero es otra historia.
Y, francamente, no sé si me apetece entrar en ella.

Foto: http://arabatik.wordpress.com/