Hubo un tiempo -no demasiado lejano, aunque afortunadamente cada vez más- en que los aficionados culés se conformaban (nos conformábamos) con ganar al Real Madrid ante la exasperante falta de títulos. Culpábamos al Madrid de todo lo malo que nos pasaba -unas veces con razón y otras sin ella-, girábamos la cabeza cuando venían mal dadas y con ganar al otro equipo que había en la ciudad y a los merengues teníamos suficiente. Patético, sí, pero tan real como la vida misma. Tanto, que la prensa madrileña y la afición en general decidió llamar a a aquella filosofía como “Madriditis”.

Yo, que vi ganar la primera Liga al Barça con 17 tacos (la de Venables, porque de la del Cruyff jugador no me acuerdo), era de aquellos. Y digo era porque los últimos veinte años han servido para darle la vuelta a la tortilla, para ganar en ese tiempo tantos o más títulos que el Madrid (copa arriba, copa abajo) y, sobre todo, para crear un modelo de fútbol que se ha convertido -a fuerza de alegrías y sinsabores- en el referente para cualquier aficionado al fútbol.

Pero lo que de verdad, y pese a mi prudencia, me ha hecho darme cuenta que el sufijo “itis” ha tomado el puente aéreo es la reacción unánime de la prensa de Madrid, que se conforma con una “dulce derrota” en lugar de aspirar a los tres puntos. Es lo que hay: el nivel de juego del Real Madrid estaba tan por los suelos que cuando el equipo hace un partido mínimamente serio se descorcha el cava.

Francamente, no sé qué es más patético: salvar una temporada ganándole al máximo rival o conformarse con perder después de haber vendido las bondades de una plantilla hecha a golpe de chequera. Dos “dulces derrotas” en dos años (con un 2-6 de por medio, no lo olvidemos) dejan entrever que la Madriditis se ha convertido en Barcelonitis. Que dure.