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Que se vaya Guardiola
Tras empatar anoche en El Madrigal en un mal partido, el Barça tiene ante sí el reto más duro y difícil de la era Guardiola: intentar dar caza al Real Madrid y reducir esa diferencia que desde hoy es de siete puntos. Y es el más duro y difícil porque el rival es formidable y sólido, y también porque el éxito de la empresa no depende sólo del equipo blaugrana.
En cualquier caso, el grupo de futbolistas que dirige Guardiola ha demostrado tener calidad y personalidad para acometer cualquier reto. Fracasará o no, pero el crédito y la experiencia de estos tres años y pico me permiten confiar en que si el Madrid quiere ganar esta liga va a tener que sudarla. Y mucho.
Yo no lo dudo, pero parece que otros sí.
Porque ayer, en el momento que Teixeira Vitienes (no sé si era el malo o el peor) indicó el final del partido en Vila-real, una especie de culés que en los últimos años se daba casi por extinta -por todos menos por el resto de aficionados barcelonistas, claro- sintió un subidón repentino. Una erección súbita. Un arrebato irrefrenable: cremar-ho tot*.
Al acabar el encuentro, el espíritu del aficionado blaugrana 2000-2003 resucitó, como si quisiera revivir los más oscuros tiempos del tardonuñismo y del gaspartismo, cuando valía cualquier cosa para echar la culpa de los reiterados fracasos deportivos a quien nos había reportado los hasta entonces mayores éxitos en la historia del club.
Ayer hubo quien acusó al equipo de Guardiola de hacer esta temporada lo mismo que el de Rijkaard después de ganar la Liga de Campeones en París. Gente que hablaba de autocomplacencia tras un 0-0 y que, en el colmo de la coherencia, hace sólo diez días se deshacía de gusto tras ver cómo el equipo catalán volvía a ganar en el Bernabeu igual que había hecho, por cierto, un mes y medio antes. Entonces no había rastro de autocomplacencia, sino el mejor equipo del mundo que, en cuestión de poco más de una semana, se ha venido abajo (como ellos ya anunciaban para sus adentros, supongo). Ya no valen.
Por el momento, los argumentos tienen -como la Leche Pascual- la calidad como razón de ser. A saber: Piqué no está bien por su relación con Shakira. Mascherano está fuera de forma porque ha sido injustamente tratado por Guardiola. Puyol está para retirarse. Nunca debimos vender a Touré. Bojan… Bueno, Bojan si fue bien vendido (a pesar del ruinoso acuerdo con la Roma). Messi… con Messi aún no se atreven, pero tiempo al tiempo.
¿Y Guardiola? Pues, puestos a quemarlo todo, quememos también al tipo que con su trabajo y sus éxitos ha venido aguantando al club desde que llegó al banquillo en el verano de 2008.
Guardiola no es perfecto, pero el fruto de su trabajo es lo más próximo a la perfección que yo he visto sobre un terreno de juego, y nada -y menos siete puntos de diferencia cuando queda media liga por jugarse- dice que tenga que dejar de serlo. Si hemos presumido tanto de juego en estos años es por un modelo basado en jugar bien, el mejor modo de llegar a los triunfos. Y esa idea no pierde su validez de un día para otro por no ganar en Vila-real.
Me parece tan absurdo tener que defender la conveniencia de la continuidad de Guardiola que no daré argumentos obvios. Pero igual de absurdo -o más, si me apuran- es plantearse su relevo por el mero hecho de quiera renovar temporada a temporada. Y hay quien piensa así.
El equipo tiene tiempo para enmendar su evidente déficit de juego y resultados fuera del Camp Nou. Y afronta en pocos días la posibilidad de asegurarse una plaza en la final de Copa del Rey antes de que lleguen las fases eliminatorias de la Liga de Campeones, donde estoy seguro que dará el callo.
Los que quieran quemarlo todo, que lo hagan. Pero que recuerden que las hogueras de Sant Joan son en junio, una vez terminada la temporada, no cuando aún quedan cuatro meses largos de competición.
Entonces, cuando Guardiola se haya ido como desean ya algunos, hablaremos. Y esos algunos serán los primeros en lamentarse cuando llegue al banquillo del Barça el Scolari de turno.
*Expresión catalana que significa quemarlo todo, echarlo todo abajo para empezar de cero.
Dispara al muñeco, Samu.

Eto’o no está; Ibra, sí. Y ya está. Fin del debate. Se acabó.
Eso sería lo más lógico entre gente normal, pero los culés no lo somos. Por estos lares del noreste peninsular ya se está hablando sobre el recibimiento que debe tener Eto’o cuando regrese al Camp Nou con el Inter dentro de unas cuantas semanas o sobre la actitud que tendrá si le enchufa algún chicharro al Barça, olvidando que hay un partido mañana y otros cuantos antes de ese regreso.
Pero no. Eso sería demasiado anodino, gris, aburrido y, además, poco culé. Es mejor comparar partido a partido lo que hace el sueco con lo que podría haber hecho el camerunés. Y no sé por qué, me da que la gente va a tender a sobrevalorar lo que ya no tenemos.
Eto’o metió muchos goles con el Barça, y gran parte de ellos de los que cuentan, de los que ‘abren la lata’ (¡toma tópico!) o deciden finales. Y jamás se lo podremos agradecer lo suficiente. No obstante, que nadie se quede con una imagen distorsionada del 9 africano: metía, sí, pero también disparaba al muñeco más de una y de dos ocasiones.
Ahora, como no le veremos más que en resúmenes o en algún partido suelto, nos parecerá que enchufa siempre la primera que le llega, pero quienes le hemos visto día sí y día también sabemos que no es así.
De Ibra no hablo porque ya saldrán otros agoreros que no tengan con él la misma comprensión que con el que no está.
Ah, Samu… No olvides que nuestro muñeco se llama Valdés. ¡A ver cuántos balonazos le aciertas, machote!
3’4 goles por partido
Seguramente será imposible mantener esta media, pero con los 6 goles de hoy frente al Valladolid (ni por asomo el peor equipo que ha pasado por el Camp Nou) el Barça lleva marcados 34 goles en 10 jornadas. Los números (¿dónde están los agoreros que acusaban al equipo de falta de gol tras las dos primeras jornadas?) hablan por sí solos del estado de gracia en que se encuentra el once de Guardiola.

Eto’o ha hecho lo que mejor sabe, enchufar 4 de las 5 o 6 ocasiones que tuvo, pero si hay alguien que merece ser destacado de entre todos los que componen el hoy perfecto engranaje del Barça, ése no es otro que Messi. Hoy no estaba Iniesta, pero el argentino ha hecho lo suyo y lo del albaceteño. Desbordó, regateó, asistió a sus compañeros y, como si de un guiño a Andrés se tratara, tampoco marcó.
Destacar a alguien más viendo lo de Eto’o y Messi es difícil, pero me gustaría valorar el partido que ha hecho hoy Henry. No ha sido espectacular, pero ha trabajado, ha luchado y al final ha descargado su rabia acumulada en el sexto gol. Habrá que darle más palos, seguramente, pero hoy no ha sido el Henry gris al que nos tiene acostumbrados.
El punto negro
No entiendo las flojas entradas que está registrando el Camp Nou esta temporada. Me parece patético que de las 60.000 personas que han acudido al estadio, más de 17.000 hayan adquirido su entrada en taquillas, mientras que sólo 40.000 de los más de 80.000 abonados hayan decidido quedarse en casa.
La excusa de la crisis no me vale: el abono se paga a principios de temporada, de modo que el gasto se hace de una vez y, si no se paga, imagino que se perderá el derecho al asiento. Como no creo que los abonados dejen que eso ocurra, no puedo más que achacar su absentismo a no sé qué motivo.
También se ha hablado mucho de la falta de aparcamiento desde que el ayuntamiento de Barcelona decidió instalar barreras para evitar el amontonamiento indiscriminado de vehículos en las aceras del barrio de Les Corts o en la Diagonal. ¿Cuántos coches dejan de malaparcarse con esta medida? ¿1.000? En ese caso, y suponiendo que vinieran llenos (que no lo están), hablaríamos de 5.000 personas menos, nunca de 40.000.
¿El juego del equipo no convence? Eso me lo creo menos aún, así que si el modo en que el Barça juega no anima a los abonados a ir al estadio ahora, no sé cuándo vendrán.
Amigos abonados: sé que un asiento del Camp Nou es difícil de conseguir, pero si no van a asistir a los partidos, mejor hacer un pensamiento, ¿no? Otros socios se lo agradecerán.
Por cierto: yo no fui al campo hoy. pero dejé el abono a alguien que sí lo aprovechó. ¿Por qué no hacen lo mismo?
Foto: elperiodico.com¡Déjeme tranquilo, venerable consocio!

Mi vecino de asiento de hoy no era el de siempre. Era un señor mayor, de los que supongo que vio jugar al fallecido Segarra, a Kubala, a Suárez o a Basora. Y, viendo su actitud hoy en el minuto tres, supongo que también les silbaba.Además, era uno de esos tipos que sienta cátedra en cada comentario, de esos que después de ver dos partidos pide la cabeza del entrenador (se llame Platko, Balmaña, Michels, Buckingham, Muller o Cruyff, da igual) y se pregunta por qué carajo no le preguntarán a él, que atesora más de cincuenta años de experiencia en la grada, antes de contratar a nadie.
Mientras eso no ocurra, se dedica a alternar sus desaforados gritos a los jugadores con una enorme profusión de sentencias con la pretensión de que tú, que tan tranquilo estás con tus auriculares y tu partido, asientas, le des la razón y te vayas a casa pensando “¡cuánto sabe este señor y qué ignorante soy que necesito que me formen un criterio, que me evangelicen en el verdadero barcelonismo!”.
Ese fenómeno aparece y desaparece como el Guadiana. Tiene la facultad de hacer relucir su violenta retórica cuando las cosas no van y de cambiarla totalmente cuando por casualidad (porque siempre es por casualidad y nadie sabe más que él) llegan los resultados.
Uno tiene que hacer verdaderos esfuerzos para hacer gala de la buena educación que se le presume a cualquiera y no soltarle algún improperio. ¿Que quiere gritar, insultar a los jugadores y al entrenador? Hágalo, pero no pretenda que le secunde porque sí, por su cara bonita o porque sea usted mayor que yo. ¿Que prefiere amargarse la vida durante los 90 minutos de un partido? Adelante, pero déjeme en paz porque, de lo contrario, mis tímpanos corren el riesgo de reventar si sigo elevando el volumen de la radio.
Yo bastante tengo con aguantar a un equipo que, aunque haya jugado mejor que en Soria, no le marca un gol ni al arco iris. Sólo me falta que esa filosofía del ¡acabemos con todo! se me meta dentro. Se ha equivocado de tipo, apreciado consocio. De todos modos, le haré un favor y el próximo día que me encuentre con usted en el Camp Nou le daré la dirección de algún otro blog donde se sentirá como en casa.
El día para aplacar la sed
Llevamos casi dos años enteros de decepción en decepción. Desde aquella rúa que trasladó por una vez el carnaval al mes de mayo de 2006, las botellas de la fe y de la paciencia se han ido vaciando hasta el punto que apenas quedan unas gotas. Jugadores, técnicos y directivos se han ido bebiendo ambas cosas -no busquéis segundas interpretaciones- y la afición, que en un primer momento hizo la vista gorda, se da cuenta ahora de que tiene sed.

Tenemos sed de lucha, de goles, de sacrificio, de triunfo. Sed de recuperar un espíritu combativo que ha caracterizado -aunque no siempre con éxito- al Barça. Necesitamos refrescar nuestras gargantas con algo más que agua: con el elixir de la victoria recuperada, del resurgimiento de lo que quede de lo que un día fue gran equipo, con los últimos estertores de una plantilla que pudo marcar una época y que, sin embargo, no ha alcanzado sus objetivos.
Necesitamos que sigan nadando aunque sea para morir en la orilla. Con las brazadas de los jugadores, el aliento de la grada y un poco de suerte, quizá esa orilla hacia la que nos dirigimos sea la del río Moscova. Y tal vez, puestos a escoger, no haya que morir en ella.
¡Que viene el ManU!
Ayer casi todo fue horrible. Patético e inoportuno Xavier Sala Martín en Catalunya Ràdio. Peor el equipo en la primera parte contra el Schalke. Injustificable el público silbando en una eliminatoria de cuartos de final!. Inoperante Rijkaard a la hora de realizar algún tipo de ajuste táctico para frenar el planteamiento de los alemanes… Lo dicho casi todo mal excepto una cosa: el resultado final.

Aunque muchos (más de uno y más de tres) asiduos de los blogs deseaban incluso la eliminación del equipo, el F.C. Barcelona está en semifinales de la Liga de Campeones. Jugando mal, pero haciéndolo contra sus rivales deportivos, contra una directiva cada vez más desquiciada y contra una afición a la que no entiendo.
El domingo, frente al Getafe, sí supoe expresarse: animó al equipo durante el partido (como anima el Camp Nou, o sea, más bien poco) y esperó al final para mostrar su descontento. Lo de ayer, sin embargo, no tiene nombre. Salí del estadio feliz por el pase a semifinales pero con una sensación de cabreo con mis co-socios de mil pares de narices. Suerte que sólo nos queda un partido más en el Camp Nou.
Ese partido es, como todo el mundo sabe, contra el Manchester United. Un señor equipo que, por lo que leo por todas partes, nos va a dar un repaso. Tal vez sea así, pero yo tengo que verlo. De momento, prefiero mirar las cosas con optimismo. Para entristecerse siempre habrá tiempo. ¿Que viene el ManU? Pues que venga, hombre, que venga.