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Presidente mudo, entrenador apaleado

Ayer el Barça demostró que tiene un equipo superlativo y una directiva que, al menos en lo que a comunicación se refiere, es un verdadero cero a la izquierda.
Dejemos claro que el club tuvo una notable falta de previsión en el asunto del viaje a Pamplona. Viendo cómo estaba el percal con esos sinvergüenzas que secuestraron el país (me refiero a los controladores aéreos, por si alguien ha estado en Marte y no se ha enterado), alguien en el Barça debió ser previsor y organizar el viaje a Pamplona con más margen, ya fuera en tren o en autocar.
No se hizo, y a eso se unió la desorganización habitual de la Federación Española de Fútbol, sus tejemanejes y sus medias verdades, lo que acabó dando carnaza a esa subespecie de periodistas deportivos que dirigen los dos diarios editados en Madrid. Había luz verde para el linchamiento público de Guardiola, y tanto el ya chocho Relaño como el esperpéntico Inda decidieron afilar no sólo sus plumas, sino también las ya prostituidas de estómagos agradecidos como Jesús Alcaide o Luis Nieto, por dar dos ejemplos.
No les hacía falta mucho, puesto que desde que Joan Laporta dejó la presidencia del Barça, la diana de toda la Brunete mediática no era otra que el entrenador de Santpedor. Titulares con tipografías de 84 puntos y editoriales escritos en caliente y con las babas chorreando y cayendo sobre los teclados de sus Olivetti Lexicon (dudo que sepan encender un ordenador) poblaron las versiones online de Marca y As, entre otros medios de comunicación. “Regalos al Barça”, “caprichos de Guardiola”, “al Barça se cree que todo vale”, “el Barça se ríe de la Liga” y perlas por el estilo se podían leer visitando esos webs.
En cualquier caso, era esperable de esa caterva de forofos que se llaman periodistas y, lo que es peor, que se creen en posesión de la verdad absoluta. Le tenían ganas, y más aún desde que el Barça vapuleó al Madrid del omnipotente Mourinho.
El Barça llegó a Pamplona, saltó al campo y goleó a un Osasuna poco flexible cuyo presidente, el tal Patxi Izco, ha olvidado rápidamente que si el club navarro está en Primera División es porque ganó 0-1 hace dos temporadas cuando el Barça, ya campeón, alineó a un once plagado de suplentes y jugadores del filial.
Goleó, cerró bocas, dio una exhibición y volvió a Barcelona, ahora sí en avión.
Pero antes, Pep Guardiola dio una rueda de prensa donde explicó, harto de lo que había leído durante el día, su versión y el porqué del retraso del viaje. Una rueda de prensa tensa que pudo haberse evitado si desde el club se hubiera tomado una sencilla decisión: que su Presidente diera la cara.
Rosell marcó en su libro de ruta no hablar hasta Navidad y parece que lo va a cumplir. Mientras tanto, va sorteando los marrones mediante comunicados y “cartas abiertas” que llegan siempre tarde (cuando llegan) y cuando el entrenador ya está a los pies de los caballos de la prensa madrileña.
¿No era la situación de ayer lo suficientemente grave para romper esa promesa a la Virgen y dejar las cosas claras? ¿Por qué no habló el sábado y asumió la responsabilidad tal como ha hecho hoy en ese comunicado? ¿Por qué no abrir el paraguas que diera cobijo a sus profesionales, Guardiola el primero?
Si la razón de ese silencio es hacer todo lo contrario que Laporta (que no me extrañaría), se equivoca por completo. Si es otra, debería explicarla.
No entiendo esa política de INcomunicación que lleva a cabo el Barça, aunque tampoco me sorprende, porque desde que la nueva junta directiva tomó posesión de su cargo, Guardiola se ha visto más de una vez con el culo al aire. Basta recordar el papelón de los premios Príncipe de Asturias (aquí, tanto el culo de Pep como el de Mourinho quedaron al fresco gracias a la actuación colegiada de Rosell y Florentino Pérez), el caso Messi en la pretemporada de Corea o la nula respuesta del club a las descalificaciones del presidente de la Federación Asturiana de Fútbol o de Eduardo Inda, que ocupa la dirección de Marca sin más mérito que defender el asunto de la piscina mallorquina de su jefe, el del corpiño rojo.
No sé si la idea de esa política de comunicación es de Rosell o del Sr. Jansà, Director de Comunicación del club. Lo que sí me queda meridianamente claro es que es errónea por deficitaria.
Cuando ayer Guardiola decía en la rueda de prensa que “pido a los míos que nos ayuden y no nos dejen solos, porque nos van a hacer falta”, cada vez tengo más claro que no sólo se refería a los aficionados, sino también a quienes mandan en el club. No queda otra interpretación posible, viendo lo visto.
Bueno, una sí queda: cada vez tengo más claro que el verdadero presidente del Barça es Guardiola. El otro, Rosell, sólo tiene el cargo.
Socios valientes, presidente cobarde

La Asamblea de Compromisarios del F.C. Barcelona decidió ayer, entre otras cosas, votar a favor de ejercer una acción de responsabilidad social contra la Junta Directiva de Joan Laporta entre los años 2003 y 2010. En la práctica, esto significa que la directiva saliente será llevada a los tribunales para que un juez dictamine si los directivos salientes deben responder a los 48’7 millones de euros que la junta de Rosell achaca a su mala gestión.
Lo que iba a ser una mera batalla de números (Laporta hablaba de 11 millones de superávit y Rosell cuenta 79 de déficit) se ha convertido en una bomba social culé y, como diría el Butano, en una “bomba informativa”.
Porque lo que ha acabado ocurriendo es que se ha hecho una utilización perversa de un mecanismo de control económico del club. Perversa e interesada, casi tanto como la exposición que el auditor de KPMG realizó durante la mañana de ayer frente a los socios, donde parecía más un directivo entrante que un profesional independiente.
No conviene olvidar que la famosa acción de responsabilidad (a partir de ahora la llamaremos ADR, como si de transporte de mercancías peligrosas se tratara) sirve para que una directiva saliente responda de una mala gestión global, es decir, desde el momento en que llegó hasta el que abandona el timón del club. O sea, desde 2003 hasta 2010.
Y a nadie se le escapa que la votación de ayer no juzgaba eso, sino que de facto se pidió (a base de filtraciones a la prensa madrileña, fundamentalmente) a los compromisarios que juzgaran si Laporta y sus directivos eran unos chorizos que se iban de juerga y se daban la gran vida a costa del Barça. Eso fue lo que se votó ayer. No se juzgó el balance económico de un mandato de siete años, sino que se organizó una montería al más puro estilo La Escopeta Nacional contra la directiva saliente. Por eso digo que se ha hecho un uso perverso de la ADR.
Y luego está el papel del Presidente Rosell.
Durante unos minutos me pareció ver por primera vez en él a un líder. Fue cuando habló ante los socios compromisarios para exponerles la trascendencia de la votación de la ADR. Expuso razones a favor y en contra, y lo hizo con una aparente sinceridad que me convenció.
Pidió tres minutos de reflexión a los socios y luego se escondió. Tiró la piedra y escondió la mano. Eludió su papel de líder y de depositario de la confianza del 60% de los socios en las últimas elecciones. Votó en blanco y evitó pronunciarse en algo que él mismo había promovido al llevar la ADR a la asamblea, haciendo que toda la responsabilidad recayera en el millar de socios que estaban presentes en el Palau de Congressos de Catalunya. Un millar de socios que había aprobado las cuentas por aplastante mayoría y que, en cambio, mostraron la división que les afecta al votar la ADR (468 síes, 439 noes, 113 votos en blanco).
¿Se asustó Sandro? Lo ignoro, pero sí sé que ahora tiene motivos para estarlo, porque ha sido él mismo -autoerigido en tantas ocasiones como el Lancelot que busca sin cesar el Santo Grial que es la reunificación del barcelonismo- quien ha encendido la mecha del explosivo que ha hecho más profunda la zanja que divide a los culés. Y sabe que ahora va a tener una lupa encima de cada acto, de cada palabra y de cada euro gastado de las arcas del club. Pero, sobre todo, sabe que va a tener una oposición dura y que esperará, con las garras y los colmillos afilados, su oportunidad para saltar a su cuello.
Y los socios, mientras tanto, a ver cómo el club sigue año tras año en los tribunales.
¿Qué conclusiones saco de todo esto?
- La primera es que el Barça es un club democráticamente vivo, tal vez el único donde es posible que los socios pongan en apuros a un presidente actual o anterior.
- La segunda, que Joan Gaspart debe estar respirando aliviado porque a nadie se le haya ocurrido llevarle a él a los tribunales.
- La tercera, que Joan Laporta debe ser el único presidente al que hechos iguales se le computan de forma distinta. A su junta entrante se le achacaron sesenta y pico millones de pérdidas del último ejercicio de Gaspart, mientras que las últimas pérdidas de su ejercicio (que según él no existen) también se le cargan a Laporta en lugar de a la junta entrante. La venta de Henry se le cuenta como pérdidas pese a hacerse después del 1 de julio (ya con Rosell), y en cambio la de Touré no se le contabiliza como ganancias, sino que se apunta en el haber de la nueva junta. And so on, que dirían los ingleses. Y no olvidemos que la ADR se hace por unas presuntas pérdidas que lo son o no en función de la interpretación de las cuentas.
- La cuarta conclusión que extraigo es que tras la asamblea de ayer, la paz social cuelga de un hilo. Y ese hilo se llama Josep Guardiola. Mientras el técnico de Santpedor sea capaz de mantener aislado al vestuario y de seguir cosechando éxitos, todo irá más o menos bien. Si la pelotita no entra, habemus follón. Espero no tener que verlo.
- La quinta no es una conclusión, sino una duda: si las pérdidas son globales de un mandato y los directivos tienen que responder mancomunadamente de ellas, ¿una sentencia contraria a la directiva de Laporta afectaría a Rosell, Bartomeu, Monés y Moix? ¿Tendrían que rascarse también ellos el bolsillo?
La Asamblea empezó como nunca y acabó como siempre, con los turnos abiertos de palabra en los que dio tiempo a hablar de lengua, de goteras, de filtraciones a la “caverna mediática”, de Cruyff, del acceso al parking… E incluso pudimos ver a Cristian Castellví, ex-bloguero y uno de los promotores de la moción de censura contra Laporta, ejerciendo su derecho a preguntar a la Junta Directiva sobre el coste de cierta empleada de origen brasileño que en su día ya salió en La Noria, Sálvame o algún programa basura de ese estilo.
Menos mal que, apenas unas horas después, el Barça supo recuperarse de una primera parte desastrosa para darle la vuelta al partido y vencer a un gran Valencia. Pero eso es otra historia.
Laporta nos la metió doblada

Así, con esa frase, definía un exdirectivo del Barça con quien tuve la ocasión de hablar hace unos días lo que le ocurrió a él -y a muchos de los miembros de la junta que ganó las elecciones en 2003- con Joan Laporta.
Durante los primeros años del mandato, mi confianza en el equipo que capitaneaba Laporta era enorme. Por primera vez en mucho tiempo, los culés podíamos escuchar hablar al presidente de nuestro club sin sentir vergüenza ajena. Un tipo joven rodeado de jóvenes y que pusieron en marcha un proceso de modernización del club que ha servido -guste o no- para potenciar la imagen del Barça en todo el mundo.
Cuando Rosell y sus afines se fueron, pensé que se trataba de una pura lucha de egos entre pijos más o menos ricos ansiosos de figurar. Los unos y los otros. Ignoré por completo -y no me arrepiento de ello- las diatribas lanzadas por Minguellas, Majós y otros grises personajes cuando éstos, que tanto reclamaban elecciones, se acojonaron cuando se convocaron y no se presentaron con excusas tan peregrinas como “el calor de agosto”, indignas incluso del mal estudiante que busca un pretexto para justificarse ante el profesor por no haber hecho los deberes.
Luego llegó la moción de censura, a la que me opuse y en contra de la cual voté. Inmediatamente después de conocer los resultados me pronuncié acerca de la conveniencia de que Laporta diese un paso al costado y dejara que fueran sus compañeros de junta quienes acabaran el mandato. Como era de esperar, eso no ocurrió. La cosa siguió como estaba y, casualidades de la vida, el equipo acabó la temporada ganándolo todo y jugando como nadie.
Esa victoria deportiva ha sido para Laporta como tomarse quince chupitos de tequila a palo seco: demoledora. Desde que sabe que le quedan dos telediarios al frente del club, se ha vuelto loco. No deja de decir una tontería tras otra y las adereza, además, con presuntos insultos a presidentes autonómicos, esperpénticos espionajes y malos gestos a quien le contradiga.
Pero lo más triste es que, como le ocurrió antes a Jordi Pujol o al propio Núñez, Laporta está confundiendo su persona con el club. Cualquier ataque que recibe por sus desplantes es inmediatamente transformado por él en una diatriba contra el club. Criticar a Laporta es criticar al Barça. Y no, no es del todo así.
El presidente del Barça siempre recibirá palos procedentes tanto desde la perenne e infalible oposición como, sobre todo, desde la prensa de Madrid. Esto ha sido así desde que yo recuerdo (no hay más que pensar en Núñez), es así hoy y será así siempre, y debería tenerlo claro también Rosell si, como todos dicen, se convierte en le próximo presidente. Toda la buena prensa que tiene en Madrid se convertirá en navajas en cuanto acceda al cargo.
Dicen que Laporta quiere dedicarse a la política y que está en la órbita de Joan Carretero, un disidente de ERC que ha puesto en marcha un movimiento marginal que habla mucho y arrastra poco. Salvo que los catalanes decidan que Laporta se convierta en nuestro Ruiz Mateos o en nuestro Jesús Gil particular, no se comerá un colín, que diría un castizo. Sin embargo, todo el ruido que hace Laporta sin saber -o querer- desligar su cargo de su persona, hace daño al club.
Considero a la gente inteligente capaz de diferenciar una cosa de otra, pero también soy consciente de que hay muchos borregos sin criterio propio que creen a pies juntillas lo que les cuentan, que no tienen otro método de ver las cosas que el que popularizó Jiménez Losantos y que si les dicen que la leche es negra, no se cuestionan la certeza de la afirmación. Es gente gris, mediocre, anodina, de vida vacía y con menos luces que un mecherito que piensa que lo que dice el Marca va a misa y que lo que publica As es una verdad irrefutable, incluso si son cosas de signo contrario.
Laporta no es el Barça. Laporta no es Catalunya. Que no nos la vuelvan a meter doblada. Ni a nosotros, ni a nadie.
Que no os embauquen
Y para terminar, también me gustaría desvelar una cosa a los seguidores del Real Madrid que no lo sepan. Me refiero a los de la peña Roncero, Toñín el torero y otra fauna: los 250 millones gastados en fichajes no son de Florentino Pérez, sino del club.
Que tengas suerte, chaval
¡Qué mala leche gasta Laporta cuando quiere! La última muestra de ello la tuvimos el pasado martes cuando, en el transcurso del juicio por el caso Raúl Baena, el presidente del Barça se despidió del futbolista diciéndole precisamente eso: “Que tengas suerte, chaval”.

Para quien no sepa de qué va la historia, Raúl Baena es un futbolista de 19 años que la pasada temporada abonó 30.000 euros en concepto de rescisión (que no ‘rescinsión’, como he visto escrito en algunos medios) de contrato para fichar por el Espanyol. El Barça demandó al chico por un montante de 3 millones de euros y en estos días se está celebrando la vista.
El caso es realmente escandaloso: Baena cobraba 190 euros al mes y tenía, al parecer, un plus de 300 euros para que sus padres pudiesen visitarle desde Málaga y alojarse en Barcelona.
La demanda del Barça es a todas luces abusiva, pero supongo que se enmarca dentro de la guerra de canteras entre Barça y Espanyol y de los robos que ambos equipos barceloneses se han hecho en los últimos años. Las relaciones entre ambas directivas están a la altura de los dos presidentes -por los suelos- desde el famoso caso Saviola (gran fichaje del Madrid, por cierto, aunque ese es otro tema), pero no creo que esto deba traducirse en peticiones exageradas y demandas judiciales a chavales como el torroxeño.
Por eso, ignoro si el ‘que tengas suerte, chaval’ de Laporta era sincero o no. No sé si le deseaba suerte en el juicio (lo dudo) o si se cachondeaba por salir de un grande donde no tendría apenas oportunidades para jugar en un equipo menor (con todos los respetos) donde probablemente -y si atesora calidad- sí pueda llegar arriba. Me inclino a pensar más en lo segundo porque a los ojos de un culé, pasar del Barça al Espanyol es dar un salto hacia atrás.
Que sea lo que tenga que ser, que Baena juegue donde quiera y, sobre todo, que no le den la puñalada trapera de tener que pagar 3 millones de euros cuando cobraba sólo 1.200 al año. Eso sí: si el juez falla a favor del Barça, espero que quienes desde ‘el otro equipo de la ciudad’ (que diría el de las conservas) le echen un capote con las mismas ganas con que fueron a buscarle a La Masía.
Margaritas caprichosas

¿Quién no se ha visto en alguna ocasión en la tesitura de tomar una decisión difícil? No creo equivocarme si digo que todos, en un momento u otro, hemos tenido que deshojar una margarita.
La de Joan Laporta se ha vuelto caprichosa y no se deja arrancar los pétalos. Diríase que el presidente del Barça no necesita margarita. Lo tiene claro: no piensa dimitir aunque se le caiga encima el techo. Cree tener la fuerza suficiente para sacar el proyecto adelante y no quiere escuchar el mensaje que los socios le enviaron el domingo pasado. Se siente legitimado (estatutariamente lo está) y desea agotar su mandato. Laporta es, o al menos parece, impermeable.
En el otro lado están los directivos que le han acompañado hasta ahora. Entre ellos parece que han arraigado dos tipos de margaritas. Unos, más o menos la mitad, han comprado la misma caprichosa flor que Laporta; otros, la otra mitad, parece que tienen una margarita de las de siempre, de las que se deshojan con una leve presión de los dedos índice y pulgar. Los primeros respaldan al presidente; los segundos preferirían una retirada a tiempo y, ¿por qué no? con honores.
Mañana (si es que no se resolvió ayer en la cena nocturna de la directiva) sabremos -o no- si las margaritas tradicionales, las de toda la vida, se marchitan ante la transgenia de la flor de Laporta o si, por el contrario, se tornan en poderosas magnolias de acero capaces de superar el más duro golpe para seguir mirando al futuro.
Me gustaría que ocurriera lo segundo, sin duda. Pero si tuviera que apostar, lo haría por lo primero.
Perdona el robo del título, Guso.
Foto: Getty Images.
