Dice el tópico que vivimos en el mundo de la comunicación. En la era de Twitter, Facebook, los blogs y un sinfín de historias más. Y claro, cuanto mayor número de medios (o de canales, que diria el ya obsoleto Lasswell), mayor caudal de información. Mayor caudal, que no mayor rigor.

El periodismo se rige -o debería regirse- por un principio tan básico como olvidado: la contrastación de las fuentes antes de dar validez a una información. Si todo el mundo coincide en que la llamada prensa del corazón ha dejado de ser prensa para convertirse en un lamentable pero sorprendentemente exitoso espectáculo, mucho me temo que el periodismo deportivo ha optado por otra vía igual de triste: la de convertirse en un altavoz para que gente de todo pelaje se despache a gusto con lo que mejor le plazca.

Olvidemos la tradicional e interminable lista de nombres de futbolistas que tras año publican los medios de comunicación como inminentes -y hecho, tal como avanzó XXXX (pongan el medio que quieran)- y parémonos a observar la cantidad de personajes que se dedican a utilizar a la prensa para ganar sus diez minutos de warholiana gloria. Si el papel del periodista debe limitarse a lavarse las manos porque las cosas las dice otro, mal vamos.

Representantes de futbolistas, intermediarios financieros, deportistas resentidos, ex-candidatos electorales, paladines de la democracia interna, presidentes deslenguados… En los últimos meses hemos tenido ejemplos de todos los colores, pero muchos de ellos tienen un denominador común: son artistas a la hora de tirar la piedra y esconder la mano. Y lo hacen aprovechando la candidez o, peor aún, la dejadez, de los periodistas que les dan pábulo.

Luego, cuando la justicia se pronuncia, nos extrañamos de queden con el culo al aire. Y todo por la imposibilidad de probar las acusaciones lanzadas en los medios de comunicación, ya sea porque no encuentran las pruebas o porque, sencillamente, han perdido los papeles.