Existe un subgénero que cobra protagonismo dentro del periodismo: la interpretación. Un género que, como ocurre en el resto de especialidades del gremio, brilla más o menos en función del talento de quien lo ejerce. Aplicado al periodismo deportivo, que últimamente -y salvo honrosas excepciones- brilla precisamente por su falta de brillo, la interpretación acostumbra a ser tan simplista y torticera como reduccionista.

Hoy está de moda interpretarlo todo, y eso no es malo en sí mismo. El problema llega cuando la interpretación se basa no en criterios propios y medianamente objetivos, sino en una ecuación concreta dictada por no se sabe quién y que debe dar un único resultado, llegando al punto aberrante de encaminar los argumentos hacia una suerte de silogismo sin sentido.

Una pieza de queso emmental suizo auténtico está llena de agujeros. Y cuanto más auténtica es, más agujeros tiene y menos queso hay, de manera que sería fácil llegar a una conclusión: cuanto más queso, menos queso.

Traslademos ese silogismo a las declaraciones de Guardiola en las últimas semanas.
– La frase “no hay que dejar que el azar interfiera en nuestro juego” significa, en el fondo, que se queja de los árbitros.
– Si dice “será difícil remontar la desventaja con el Madrid por muchísimas razones” es lo mismo que decir que se queja de los árbitros.
– Si afirma tener “la impresión de que no ganaremos la Liga” está, de otra manera, quejándose de los arbitrajes.
– Si dice “Messi descansará el próximo fin de semana, como Pepe”, Guardiola no está haciendo otra cosa que quejarse de los árbitros. Y, en el colmo de los colmos, un veterano e insigne (?) periodista catalán no sólo afirma eso, sino que concluye que esa afirmación es barroera (soez) e indigna del entrenador del Barcelona.

Lo cierto es que no sé de qué me sorprendo. Vivimos en un país que tiene prebostes del periodismo capaces de inventarse un palabro de gran éxito para desarrollar durante años una conspiración judeo-masónica (le faltaba sólo el adjetivo marxista) a favor del Barcelona y, al mismo tiempo, de calificar como “benevolencia arbitral de otros tiempos” las equivocaciones en favor del Real Madrid sin el más mínimo atisbo de rubor.

En un país en el que el periodista que más presume de conocer la historia del Barça se inventa una acepción del verbo cruyffear como equivalente a errar y califica una alineación como “lucendada”. Un país en el que somos tan injustos y desagradecidos que olvidamos a quien nos ha dado muchas cosas por una mera cuestión de filias y fobias. En ese país.

Mientras tanto, quienes podrían hablar desde la privilegiada posición que les ofrece la poltrona, callan con la misma solvencia y eficacia con la que se cepillan (con perdón) directores de comunicación. Una figura que en el Barça parece irrelevante, tanto por su volatilidad como porque el verdadero director de comunicación se sienta en el banquillo, acumulando argumentos para que luego todos -intérpretes y no- babeen ante una de esas ruedas de prensa estilo Bernabeu en la previa de la Liga de Campeones.

Y eso… ¿cómo lo interpretamos?