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Como era de esperar, se consumó la eliminación frente a ese equipazo llamado Bayern. Vender la moto de la remontada era tan artificial como hilarante, pero el equipo -y cuando digo equipo no me refiero sólo a los jugadores, sino también a quien los dirige desde el banquillo y desde las alturas- tenía la obligación de competir, de dejarse la piel en el césped, de demostrar que se puede caer ante un once (muy) superior con dignidad.

Y la dignidad no apareció anoche en el Camp Nou. No la hubo en el modo en que el Barça afrontó el partido, pese a la baja de última hora de un Leo Messi cuya presencia, no nos engañemos, tampoco habría servido de nada.

El equipo salió derrotado de antemano. Sin fe y, lo que es peor, transmitió la sensación de no tener la intención de regalar 90 minutos de lucha a sus aficionados. El papel de bastantes jugadores sobre el terreno de juego fue patético. Algunos mostraron empeño, como Song, Bartra, Piqué -menuda temporadita la suya- e incluso Alexis, pero otros muchos demostraron que están de vacaciones desde el mes de noviembre.

Desde junio de 2008, si algo había caracterizado al Barça -además de su juego y el modo en que arrollaba a sus rivales- era su capacidad da competir. Desde entonces y hasta que comenzó 2013, jamás había visto al equipo saltar al terreno de juego desenchufado, como si la cosa no fuera con él. Podían estar más o menos acertados, pero uno tenía la certeza de que competían y competían hasta dejarlo todo sobre el campo. ¿Un ejemplo? La eliminación en semifinales del año pasado frente al Chelsea. Y no es el único.

Ayer no ocurrió eso. El once azulgrana deambuló sobre la alfombra verde como si hubiera olvidado quitar el freno de mano tras meter la primera velocidad. Y no pasó de ahí.

Por distintos motivos, hay jugadores que no están, y no pasa nada por decirlo. Xavi está entre algodones desde hace muchos meses, y su empeño por jugar todos los partidos de la selección no ha ayudado precisamente a su recuperación. Pedro es una sombra de lo que fue y no sólo ha perdido el gol, sino -y eso es mucho peor- la osadía que le caracterizaba a la hora de encarar a los defensas rivales. Villa, por hache o por be, está para lo que está, que últimamente es muy poco.

Respecto a Cesc, yo fui de los que aplaudieron su fichaje. Pero cuando lo hice no era consciente de que iba a mostrarse como un jugador de enorme clase incapaz de aguantar más de tres meses en forma. Está lento, no corre, no rellena los huecos cuando juega de falso nueve y, para mí, está pasado de peso. Y, para postre, cada vez que habla hace subir el precio del pan (“Por cada partido malo, retrocedo diez buenos“).

Y luego está el capitán, Puyol. Un capitán que decidió borrarse tras el partido de octavos de final pero que, a cambio, tendrá la opción de disputar en junio la Copa Confederaciones a pleno rendimiento. Enhorabuena por eso y por el regalo de Navidad que le dio el club con su renovación hasta 2016.

Messi merece un capítulo aparte. Y más que Messi, la gestión que se ha hecho de su lesión y de los crípticos comunicados médicos del club, pero ya habrá tiempo para ello.

Ayer, en la rueda de prensa, Tito Vilanova decía que no era necesario cambiar mucho para el año que viene, sino recuperar a los que ya están. Quizá sean palabras de cara a la galería porque aún no se ha ganado la liga, pero lo cierto es que no tranquilizan, y quiero creer -llamadme ingenuo- que desde la dirección deportiva ya se tiene adelantado el trabajo de renovación del equipo (que no debería pasar por fichar a la estrella más rutilante, como en los viejos tiempos).

Pero hablaba al principio de dignidad o, mejor dicho, de la ausencia de ella. No puede ser que un presidente hable de los árbitros tras un repaso tan descomunal como el que sufrió su equipo. Es inaceptable, aunque luego lo disfrace como un “además”. Escuchándole me vinieron a la cabeza las declaraciones de Núñez cuando encajábamos alguna sonora derrota, y eso da repelús.

Y luego está el público que con 0-2 abandonaba el estadio a falta de media hora, a quien ya dediqué un post hace unas semanas. Cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero que no se llenen la boca de “mejor afición del mundo” ni sean luego los primeros en apuntarse a las celebraciones y a los sorteos de entradas.

Por último -y aunque no sea nadie para darlos- permitidme que dé un consejo a algunos colegas del gremio periodístico que no tienen ojos ni pluma más que para atizar día sí y día también al anterior entrenador: OLVIDAOS DE GUARDIOLA. Pep levantó un equipo hundido, nos dio unas temporadas de fútbol y títulos fantásticas, actuó como entrenador, portavoz y presidente, acabó harto y se fue. No ha dicho una palabra del club desde junio de 2012 y, a cambio, se le “agradecen” sus servicios con recaditos más o menos disimulados por parte de los Perearnaus, Canuts y otros palmeros de la directiva.

Si le dejáis en paz, seréis más felices, no viviréis amargados y a lo mejor ayudáis, incluso, a mejorar el nivel de vuestras columnas. Aunque os cueste una cubertería del Barça menos.

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