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Lo más triste que se vivió ayer en el Camp Nou no fue la derrota contra el Real Madrid por un claro 1-3.

Tampoco lo fue la falta de recursos de un equipo que, a día de hoy, noto lento en todos los sentidos, tanto físicamente como a la hora de mover el balón con la fluidez que demuestran en los rondos de calentamiento. Ni la tardanza del banquillo blaugrana en reaccionar y mover el banquillo.

Todo eso forma parte del fútbol y es absolutamente subsanable a poco que quien maneja el vestuario tenga una mínima cintura.

Lo verdaderamente triste fue comprobar cómo un buen número de los que se autodenominan “la mejor afición del mundo” abandonaba el Camp Nou cuando aún quedaba casi media hora por disputarse.

Sí, esos desertores que se llenan la boca de “valors” pero a quienes sólo le valen los valores de la victoria.

Esos desertores que, antes de levantar su culo del asiento para enfilar el camino de vuelta a casa cuanto se han disputado dos tercios del partido, se han pasado medio encuentro insultando a sus propios jugadores, al técnico presente y a quien pase por delante.

Esos desertores que luego se lamentan del paupérrimo espectáculo que han visto cuando ni siquiera lo han presenciado entero.

Esos desertores que lo saben todo y lo habían dicho, sin duda, meses antes a sus amigos y a quienes tengan la santa paciencia de aguantarles.

Esos desertores que disfrutan y desaprovechan un abono en el Estadi mientras miles de socios llevan años esperando el suyo.

Esos desertores que pierden el culo -casi con la misma velocidad con que abandonan el Camp Nou- para conseguir una entrada para una final si el equipo consigue clasificarse.

Esos desertores que están de vuelta cuando el resto aún está yendo.

Esos desertores son lo peor del barcelonismo.