Un triunfo perfecto para completar una temporada histórica. Sí, es cierto que con demasiada frecuencia recurrimos al grandilocuente término “histórico”, pero es que este año ha sido espectacular.

Quienes acudimos al Camp Nou cada día de partido hemos visto esta temporada algo que no podíamos imaginar ni en el más optimista de los sueños. Buen juego (magnífico), goles, humildad, esfuerzo, trabajo, presión, goleadas… Todo lo que cualquier barcelonista anhela cuando el equipo se reúne a mediados de cada mes de julio al iniciarse la pretemporada.

Se cierra un ejercicio mágico que pasará a la historia del F.C. Barcelona por varias razones. Entre ellas, el increíble rendimiento que Guardiola, un entrenador debutante en el que muy pocos confiaban, ha sabido sacarla a un equipo que el año anterior había hecho el ridículo.

Pero también será recordado como el año de la confirmación de Messi, Iniesta y Xavi (¿alguien recuerda los debates que se organizaron cuando Rijkaard ponía juntos a Xavi, Iniesta y Deco en el centro del campo?) como exponentes del juego de toque. Y como el año en que borramos aquel lejano 0-5 del Bernabéu en blanco y negro por medio de un colorido recital que terminó en 2-6.

Y, naturalmente, como el año en que ganamos nuestra tercera Copa de Europa. Un trofeo que a mí, personalmente, me ha sabido incluso mejor que las anteriores, porque se ha conseguido respondiendo al modelo y al nivel de exigencia que un holandés tan genial como criticado, instauró hace ahora veinte años cuando sentó las bases del juego que define al club.

Triplete, trébol, triple corona… Llamadlo como queráis, porque no sé cuál de esas palabras da más lustre a lo conseguido.

Yo, mientras tanto, me limitaré a decir una sola: GRACIAS.