Llevamos casi dos años enteros de decepción en decepción. Desde aquella rúa que trasladó por una vez el carnaval al mes de mayo de 2006, las botellas de la fe y de la paciencia se han ido vaciando hasta el punto que apenas quedan unas gotas. Jugadores, técnicos y directivos se han ido bebiendo ambas cosas -no busquéis segundas interpretaciones- y la afición, que en un primer momento hizo la vista gorda, se da cuenta ahora de que tiene sed.

 

Tenemos sed de lucha, de goles, de sacrificio, de triunfo. Sed de recuperar un espíritu combativo que ha caracterizado -aunque no siempre con éxito- al Barça. Necesitamos refrescar nuestras gargantas con algo más que agua: con el elixir de la victoria recuperada, del resurgimiento de lo que quede de lo que un día fue gran equipo, con los últimos estertores de una plantilla que pudo marcar una época y que, sin embargo, no ha alcanzado sus objetivos.
Necesitamos que sigan nadando aunque sea para morir en la orilla. Con las brazadas de los jugadores, el aliento de la grada y un poco de suerte, quizá esa orilla hacia la que nos dirigimos sea la del río Moscova. Y tal vez, puestos a escoger, no haya que morir en ella.