Tras el partido de Liga del sábado (algún día -o no- hablaremos de ese equipo que ha pasado de jugar en Can Ràbia a hacerlo en Can Complejos), vuelve la Champions League. Y lo hace con un partido grande, de esos que nosotros disfrutamos mientras otros le dedican -con suerte- una esquina de su portada.

Ahora que hemos perdido la liga (porque dicen que ya la hemos perdido, ¿no?), no nos queda otra que dedicar un par de días (uno de viaje y otro de partido) a esa minucia que es una semifinal de la Liga de Campeones. Ese torneo menor que disputan cuatro mindundis europeos que, curiosamente, siguen luchando en sus respectivas ligas.

Si cuando se afrontaba la vuelta contra el Arsenal se obvió con acierto el clásico que venía después, ahora es tiempo de hacer lo mismo. Olvidemos la Liga ahora -ya habrá tiempo para disputarla y disfrutarla- y centrémonos en el Inter, que es lo que toca si queremos volver a tomar un autobús para, en este caso, volver a Madrid.

En autobús porque, como dice el mismo idiota que recuperó ayer el canguelo, el Madrid va en cohete y el Barça en autobús. Pues sí, tiene toda la razón. Unos preparan un cohete para ir a Zaragoza (la casa es grande y no repara en gastos) y otros se suben a un autocar para ir a Milán.

Debe ser que, como dice un compañero de cervezas, le hemos cogido el gusto a eso del autobús. Otros, tal vez, hayan olvidado qué se siente.