Llevo unos cuantos días desconectado del Barça. Ha sido algo premeditado, aunque reconozco que la carga de trabajo -demasiado, para variar- me ha echado una mano a la hora de ignorar a presidentes que siguen a lo suyo, a opositores que descalifican a quienes no piensan como ellos, a promotores de la moción de censura que continuan buscando los focos de las cámaras y el alcance de los micrófonos y a directivos que abandonan su anonimato para saltar a la palestra electoral.Y esa desconexión es sana. Muy sana. Ni siquiera la presentación de Josep Guardiola como entrenador del primer equipo ha conseguido que me enganche de nuevo a la actualidad blaugrana.

Decía el otro día Àlex Santos en su blog que añora aquel Barça que acababa tras el último partido y reaparecía en el Gamper. A mí aquellos veranos se me hacían demasiado largos y esperaba ansioso que el equipo se concentrara en Pappendal para iniciar los entrenamientos. Entonces no había -o al menos no las recuerdo- tantas luchas intestinas por el poder, ni tanta gente que persiguiera la presidencia del club. Como mucho, llegaban las noticias sobre presuntos fichajes y los resúmenes de los partidos contra aquellos equipos amateurs holandeses llenos de carteros, fontaneros, bomberos y oficinstas.

¿Era aquello más aburrido? Seguramente. Pero llega un momento en que te acabas preguntando si vale la pena estar más ‘entretenido’ a cambio de padecer cómo el club que quieres se autodestruye por culpa de quienes tienen el ego más grande que la Torre Agbar. Patético.

Ahora, como en aquellos veranos de los 80, sigo esperando. Pero no espero la concentración del equipo, sino que llegue el día 6 de julio de una vez, que los socios votemos y, sobre todo, que todos aceptemos el resultado de esa votación. Sea el que sea. También espero equivocarme, pero mucho me temo que no habrá paz social después de ese día. Al tiempo.