Haciendo balance de los seis años que acaba de cumplir el blog (la mitad de ellos semiolvidado por su autor, todo hay que decirlo) me doy cuenta de que en estas páginas he hablado poco de fútbol. Supongo que debe ser un reconocimiento implícito de que, como nos pasa a muchos que opinamos de este deporte, no tengo mucha idea.

Aunque, con el tiempo, uno aprende a apreciar las cosas a fuerza de probarlas. Ocurre como con el vino; al principio apenas sabes decir si te gusta o no pero, a través de la persistencia, acabas por empezar a notar ciertos matices a roble, a frutas, a especias… Eso me pasa a mí con el fútbol. Supongo.

Pero si hay algo de lo que entiendo es de mi profesión. O, mejor dicho y sin ánimo de dar lecciones a nadie, de cómo creo que debería ser la profesión que elegí y de la que -mejor o peor- vivo.

Desde bien pequeño tuve claro que quería ser periodista. No sé si fue por Lou Grant, porque siempre he sido curioso o porque hicieron mella aquellos pequeños aparatos de radio que, visita sí y visita también, me traían mis primos cuando vivían en Las Palmas de Gran Canaria.

En estos días hemos tenido dos ejemplos claros de cómo rebasar dos límites, el de la ética, por un lado, y de la praxis periodística, por otro.

El caso de Punto Pelota ejemplifica el cómo ir un paso más allá de lo razonable para intentar recabar información, sirviéndose para ello de un tipo, el tal Miguel García, que se presta al show sin ningún reparo. Creo que es un error calificar de periodismo lo que hace ese programa de Intereconomía, ese canal de televisión tan moderado y respetuoso. Participan en él periodistas, sí, pero lo que hacen allí no es más que una reunión de verduleras medievales -con todos los respetos para ellas- que compiten para ver quién dice la tontería mayor, quién grita más o quién profiere el insulto más grosero.

Seguramente les seguirá mucha gente, y Pedrerol -ese imitador de Javier Sardà que no tiene su talento ni por asomo- estará más que satisfecho de ello, como lo estarán los tertulianos sin darse cuenta del modo en que pierden credibilidad. Y la credibilidad, como decía José María “butanito” García, es lo único que tiene un periodista.

Y de credibilidad va el segundo ejemplo. Juan Antonio Alcalá, la cadena Cope y el Barça. Todos conocéis la historia cuando Alcalá dejó caer en su programa insinuacones de dopaje en el Barcelona.
Hace un par de días, la cadena de los obispos publicó una nota que reconocía que la información de Juan Antonio Alcalá difundida en ‘El partido de las 12’ el día 13 de marzo de 2011 “ha resultado ser no veraz y proveniente de una fuente no contrastada, por lo que se reconoce que ha existido una intromisión ilegítima al derecho al honor” del FC Barcelona, y propone saldar ese agravio con una indemnización de 200.000 euros.

De la indeminización, de si el Barça debe aceptarla cuando pedía en los juzgados más de 6 millones de euros y de los distintos viajes de los directivos de Cope a Barcelona para limar esperezas se podría escribir un libro.

Una de las primeras cosas que te enseñan en la carrera de periodismo es que no se puede difundir una información si no está contrastada. Alcalá lo hizo pensando con altanería -porque la tiene- que estar al frente de un programa nocturno de gran audiencia (no de máxima audiencia, recordémoslo) te da carta blanca para hacer lo que quieras. Y no, no es así.
Alcalá fue un pardillo, pecó de prepotente y presumió de estar en contacto con una fuente -el Sr. Real Madrid- que le ha dejado con el culo al aire, como era previsible. Ha sido una marioneta que se creía liberada de los hilos que la mueven y ha acabado enredándose en ellos.

Que el medio para el que trabajas diga que tu información es “no veraz” y “no ha sido contrastada” es una puñalada a la credibilidad de Juan Antonio Alcalá casi tan grande como la que él da a sus oyentes cerrando el programa con una canción de “Take That”, sólo que él va a tener que vivir toda su vida arrastrando esa mancha.