Salió como siempre y la historia acabó como siempre. Para empezar, Guardiola deja a Messi en el banquillo lo que, unido a la chorrada de intentar imponer una canción para que la cante el público, no presagiaba nada bueno. Pero el Barça de este año es distinto. Su juego rápido, despejó cualquier señal de duda cuando Iniesta hizo subir al marcado el primer gol ¡a los tres minutos!.

Javi Varas, el sustituto de Palop en la portería sevillista, eligió un mal día para dejar de fumar. ¿Resultado? Después de un par de llegadas del Sevilla, Iniesta, de nuevo Iniesta, juega con la defensa andaluza para dejar solo a Eto’o. 2-0 en 17 minutos. Y así, con algún que otro empujón más del Barça y alguna tímida llegada sevillista, se acabó la primera parte. Y el partido. Al menos en lo que hace referencia a saber quién iba a ganarlo.

Porque a los tres minutos, otra vez Iniesta baila dentro del área para retrasar el balón a su compañero y también director de orquesta y que Xavi, solo, marcara el tercero. Y en el 9, Henry el cuarto. Y en el 15, tras una hora de lección magistral (gracias Guso), Iniesta dejó su cátedra a Hleb mientras el Camp Nou, rendido, rugía su nombre. Pero, a diferencia de otras ocasiones, el equipo no levantó el pie, sino que demostró por qué está donde está y cómo se juega al fútbol.

El postrero gol de Higuaín la noche anterior y el espíritu del peor Juanito reencarnado en la figura de Pepe pasaron de ser un gran orgasmo madridista al más tremendo de los gatillazos. Se convirtieron, en sólo 24 horas, en una anécdota. Y sólo en eso. Porque comparar las victorias -meritorias, faltaría más- del Real Madrid con las del Barça es como decir que las películas de Mariano Ozores pueden equipararse a la saga de El Padrino.
Y no, colegas periodistas de Madrid. Parece ser que, al menos de momento, Guardiola no piensa llamar a Juande Ramos para rendirse. Tal vez otro día.