Ayer se fue mi abuelo, el último que me quedaba. Tenía 95 años, bastantes de ellos -muchos- tocados por la mala suerte, especialmente desde aquel accidente laboral que le obligó a ir con muletas desde 1977.

Aunque durante unos años le veía prácticamente cada fin de semana, debo reconocer que en los últimos tiempos apenas lo hacía más que cuando, por razones de trabajo, me tocaba pasar cerca del pueblo donde vivía y en el que se instaló a llegar, hace ya varias décadas, de su Granada natal.

Aun así, le echaré de menos. Igual que a mi abuela, que también nos dejó hace algunos años. Recordaré toda la vida aquellos roscos anisados que los dos nos ofrecían siempre que les visitábamos y que, aunque ni a mis hermanas ni a mí nos acababan de convencer, nos comíamos con la mejor cara posible: la que merecía quien compartía con nosotros lo poco que tenía.

Agustín tiene ya el reposo que la vida le negó en sus últimos años. Nos deja el recuerdo de un temperamento fuerte, propio de quien debió batallar duro para sacar adelante a sus seis hijos después de la Guerra Civil.

Pero a mí -y permitidme ser egoísta- me ha dejado algo más: la fortuna de tener como padre a la mejor persona que he conocido en la vida y cuya tristeza de ayer me partió el alma.

Si, como dicen, todos tenemos una misión en la vida, por pequeña que sea, creo que Agustín y Gabina cumplieron la suya con creces. Y jamás podré agradecérselo lo suficiente.