Personalmente, no habría elegido a Guardiola como técnico del primer equipo del Barça para la próxima temporada. No todavía. Pero el club ha confirmado hoy que será él quien dirigirá los designios (se dice así, ¿no?) de nuestro equipo a partir del 30 de junio. Y como ya no hay remedio y Guardiola es el elegido, Guardiola es mi entrenador.

Durante toda la temporada he sostenido mi opinión contraria a la destitución de Rijkaard a mitad de ejercicio, lo que me ha valido diversos apelativos -siempre cariñosos- por parte de algún que otro colega bloguero que apostaba por la guadaña contra el holandés en el mes de diciembre.
Ahora que ha acabado el suplicio -ya lo ha hecho, aunque queden dos partidos- es el momento del relevo. No me gusta en exceso, pero por mal que lo hagan (que lo están haciendo) reconozco a esta junta directiva el derecho de apostar por un proyecto concreto y por los nombres que deseen. Aciertan en no moverse en función de lo que digan las encuestas (el populismo nunca es buen aliado), pero se exponen a que personajes siniestros como el tal Oriol Giralt -sin duda en busca de su ración periódica de gloria mediática- amenacen legítimamente con intentar moverles la silla aunque sea a soplidos.

O a lo mejor con algo más, si es que algún día se sabe quién hay detrás de la posible moción de censura que pretende promover este socio del Barça. Está en su derecho, por supuesto, tal como hizo el propio Laporta en su día. En cualquier caso, agradecería -como socio del club que soy- que la gente que hay detrás diera la cara y mostrara sus cartas. El famoso Elefant Blau la dio. Incluso el mítico Francesc Liñán la da en cada comicios. ¿Debo esperar menos del tal Giralt?