He reprimido a propósito mi inicial intención de escribir en caliente tras el lamentable, irritante, incomprensible, indignante y humillante partido del Barça en Sevilla. Lo de anoche en el campo del Betis no tiene nombre y es preciso tomar algún tipo de decisión.

Soy de los que siempre he defendido la figura de Rijkaard frente a quienes le toman como diana desde hace meses. Sin embargo, ayer no me quedó más remedio que abrir los ojos definitivamente. El cambio de mentalidad entre los primeros 45 minutos y la segunda parte es achacable a los jugadores y a su frágil mentalidad, pero algo debe hacer el técnico cuando ve que la dinámica cambia con un 0-2 en el marcador en el minuto 60 de partido.

Un entrenador debe tener recursos para cambiar la situación. Debe saber dar un puñetazo en la mesa y proferir tres gritos para despertar a sus indolentes e inmaduros jugadores. Y si no lo hace -porque no quiere o porque no sabe- no sirve para el Barça. Se llame Rijkaard o Perico de los Palotes.

El martes es más que probable que el equipo traiga de Alemania un buen resultado. Espero que sea así. Pero incluso en ese caso, quien deba tomar las decisiones necesarias debe hacerlo ya. Me siento engañado por un grupo de jugadores capaces de jugar a ser el Dr. Jekyll y Mr. Hyde en un mismo partido y que, para más inri, lo hacen yendo de más a menos. Se acabó. Reclamo un cambio ya. En el banquillo, en la secretaría técnica o donde sea, pero quedarse con los brazos cruzados es pan para hoy y hambre, miseria, para mañana.