Pese a que mucha gente piensa que Israel es un país monolítico y de pensamiento único, lo cierto es que su sociedad presenta un complejidad tan grande como los episodios que dieron origen a la creación del país que conocemos hoy. En los años previos a 1948, cuando David Ben-Gurión proclamó la independencia del Estado de Israel, diversos movimientos políticos luchaban por forjar en los jóvenes una inquietud que les llevara a devolver al pueblo judío a Eretz Israel, la Tierra Prometida. Y, como no podía ser de otro modo, el deporte fue una de las herramientas más empleadas para lograr ese objetivo.

De aquellos años proceden los principales clubes deportivos del país, agrupados en tres grandes categorías marcadas por su ideología: Hapoel -de acusada tendencia izquierdista-, Beitar -dominado por la derecha más radical- y Maccabi, la principal enseña del sionismo.

Hapoel: el obrero
Echando un vistazo a los clubes de las principales ligas deportivas israelíes, resulta frecuente encontrar equipos que acompañan al nombre de su ciudad con el término ‘Hapoel’. La mera traducción de la palabra ‘Hapoel’ (el obrero) deja entrever una tendencia política que se refleja también en sus escudos, donde aparecen siempre elementos como la hoz y el martillo, símbolos de la clase trabajadora y de los partidos de izquierda de los primeros años del siglo XX. Y no es casualidad.

De hecho, Hapoel es en sí misma una asociación deportiva israelí que fue creada por la Federación General de Trabajadores de la Tierra de Israel, más conocida como la Histadrut, que no es otra cosa que la organización que agrupa a los sindicatos del país. Esa entidad sindical nació en el año 1920 bajo el mandato británico de Palestina, y en esa década comienzan también a constituirse clubes como Hapoel de Tel Aviv, uno de los más importantes de Israel. En la primera división del país (Ligat-ha’Al) figuran hoy cinco ‘Hapoel’, el de Tel-Aviv (líder en el momento de cerrar el reportaje) y los de Acco, Beer Sheva, Ramat Gan y Haifa, a los que hay que sumar los ocho que militan en la liga Leumit, la segunda categoría del fútbol nacional: Hapoel Raanana, Natzrat-Eli, Petach Tikva, Jerusalem, Kfar Saba, Ashkelon, Rishon Lezi y Haifa.

La fuerza que cobraron esos clubes vino dada por la potencia y el poder de la Histadrut, que además de convertirse en uno de los elementos fundamentales de la unión obrera, creció hasta ser uno de los principales creadores de empleo, con empresas e industrias de todo tipo que a finales de los años 80 daban trabajo a casi 300.000 personas. Hoy, aunque su tamaño ha disminuido a causa del proceso de liberalización de la economía del país, la Histadrut sigue siendo un importante poder fáctico dentro de la sociedad israelí.

Alberto Spectorovsky, Doctor en Ciencias Políticas y profesor en la Universidad de Tel Aviv, explica que “en el comienzo de la gestación del estado de Israel, todas las asociaciones deportivas estaban conectadas a los movimientos políticos, impulsores de la mayoría de ellas. En el caso de Hapoel, se trataba de instituciones creadas por el gremio central obrero nacional, muy ligado a lo que después sería el Partido Laborista que acabó siendo el canalizador de la fundación del país. Cada ciudad donde había presencia de la Histadrut tenía un club Hapoel y, naturalmente, los más fuertes eran los de las principales ciudades: Tel Aviv, Jerusalem y Haifa. Sus miembros estaban todos asociados no sólo al sindicato, sino también al Partido Laborista que tuvo en Ben-Gurión a su principal líder”.

El origen está claro, pero… ¿y hoy? ¿Se mantienen esas relaciones ahora que el laborismo del siglo XXI ha abandonado los principios izquierdistas por la socialdemocracia? Según Spectorovsky, “esa ligazón entre los clubes y las organizaciones políticas se daba con mucha más fuerza en la época no profesional; hoy en día, salvo el caso de Beitar Jerusalem, el profesionalismo ha acabado con parte de la politización del fútbol. El dinero llegó al deporte y ahí el gremio obrero tiene poco que decir. El principal equipo del país, Hapoel Tel Aviv ya no es un equipo claramente de izquierdas, sino que se sitúa más próximo a la burguesía liberal. Sus enfrentamientos con Beitar ya no representan el duelo izquierda-derecha, sino que lo que aparece bajo la mesa es un enfrentamiento entre la derecha radical y el centro-izquierda liberal, pese a que la huella de tradición aún no se ha borrado del todo”.

Beitar: la radicalidad nacionalista
Beitar es un movimiento juvenil sionista creado por Vladimir Jabotinsky y que sembró el germen del movimiento Herut, uno de los núcleos que dieron lugar a la creación del Likud, el partido derechista más importante de Israel.

Al igual que ocurrió con Hapoel, Beitar también creó sus equipos deportivos en prácticamente todas las ciudades, pero el único que se mantiene en primera división es Beitar Jerusalem, que acarrea una reputación de club racista y casi fascista. “En Beitar -explica Alberto Spectorovsky- es absolutamente imposible que jueguen futbolistas árabes como ocurre en el resto de clubes del país. Y es imposible porque su afición no lo quiere. Son un club compuesto por judíos radicales y en el que permanecen con más fuerza los rasgos del pasado”.

Cada partido de Beitar Jerusalem trae consigo un fuerte despliegue policial, ya que parte de su hinchada está compuesta por elementos duros y agresivos, hasta el punto que en el resto del país se les califica sin ambages como fascistas, algo que los grupos radicales de Beitar no tienen problema en reconocer con sinceridad. “Beitar quedó como un reducto del pasado, como un ente en sí mismo que muchas veces se contempla con complacencia porque con esa gente no hay forma de arreglar nada. Salvo excepciones, el nivel de violencia no llega más allá de cánticos racistas que suelen acabar con multas al club”, explica Spectorovsky.

El gran rival de Beitar Jerusalem es, sin duda, Hapoel de Tel Aviv, pero la actitud agresiva de sus seguidores no se acaba con ellos. En la liga israelí de fútbol hay también equipos que vienen de pueblos árabes, y el mayor exponente de ellos es Bnei Sakhnin. Se trata del primer equipo árabe que jugó la liga y su mayor logro es haber ganado la Copa de Israel del año 2004, lo que le permitió disputar la Copa de la UEFA, donde cayó eliminado por el Newcastle inglés.

Sakhnin es una ciudad situada en el norte de Israel, en la baja Galilea, y en Bnei juegan futbolistas árabes israelíes, pero también judíos y extranjeros. Resulta fácil de imaginar que cada vez que el equipo visita la ciudad de Jerusalem para jugar contra Beitar, el clima en el Estadio Teddy Kollek se vuelve irrespirable porque los aficionados locales profieren gritos contra el equipo árabe acusándoles, entre otras lindezas, de terroristas.

Maccabi: deporte y sionismo
Si hay un nombre con el que todos relacionamos Israel y deporte, este no es otro que Maccabi. Y, curiosamente, no gracias al fútbol, sino al baloncesto y a uno de sus clubes, Maccabi de Tel Aviv, cinco veces campeón de Europa.

Al igual que ocurrió con Hapoel y Beitar, los orígenes de Maccabi tuvieron mucho que ver con las corrientes judías de finales del siglo XIX y principios del XX. “El movimiento macabeo -explica Spectorovsky- no era estrictamente una corriente política, aunque sí es cierto que su ideología se asociaba a las clases liberales del país”.

En realidad, se trata de un movimiento extendido por cualquier país donde haya una colonia judía, hasta el punto que el Congreso Mundial Judío en 1921 creó la Unión Mundial Macabi con la intención de agrupar a todas las asociaciones deportivas para, según reza el acta de constitución, “fomentar la educación física, la creencia en la herencia judía y la nación judía, y trabajar activamente para la reconstrucción de nuestro país y para la preservación de nuestro pueblo”.

La Unión Mundial Macabi vio en el deporte una herramienta perfecta para reforzar la personalidad de los judíos que decidían volver a Israel, de manera que su ideología y el eje de su actividad es el sionismo. Para lograr esos propósitos, creó los Juegos Macabeos, una competición que reúne a deportistas judíos de todo el mundo y que en 2009 celebró su última edición hasta el momento, con cerca de 8.000 participantes procedentes de 51 países y que participaron en 31 especialidades deportivas.

De todos los movimientos que impulsaron el deporte en Israel, el macabeo es, sin duda, el que más y mejor ha pervivido, y las razones hay que buscarlas no sólo en la estructura internacional desarrollada por las colonias judías de todo el mundo, sino especialmente en su clara adscripción al sionismo, que quedó de manifiesto con la adopción de los cinco puntos del Programa de Jerusalén que surgieron del XXVIII Congreso Sionista de 1968, y que incluyen “la unidad del pueblo judío, la centralidad de Israel en la vida judía y su concentración en su patria histórica, Eretz Israel”.

Esta temporada son cuatro los equipos macabeos que militan en la primera división del fútbol israelí (Maccabi Tel Aviv, Maccabi Netanya y Maccabi Haifa), a los que se suman otros cinco en la segunda categoría nacional, los Maccabi de Yavne, Petach Tik, Ahi Nazrat, Umm al-Fah y Herzeliya.

Rasgos sociales
Hay diversos aspectos que pueden a ayudar a entender la realidad explicada hasta ahora. Uno de ellos es el carácter de las dos principales ciudades del país: Jerusalem y Tel Aviv. La primera agrupa el mayor foco de nacionalismo israelí, mientras que Tel Aviv, más moderna, hace gala de un mayor cosmopolitismo. El clásico por excelencia en Israel enfrenta al Hapoel de Tel Aviv con el Maccabi de la misma ciudad. Su ambiente es el normal entre dos equipos de una ciudad, de una rivalidad pasional y enconada, pero puramente deportiva. Y esa es la regla general en la liga israelí a menos que, como ha quedado explicado, entre en juego Beitar Jerusalén y sus reivindicaciones ideológicas, política y religiosas.

El factor religioso ha quedado en un segundo plano en el profesionalizado fútbol hebreo, igual que el origen geográfico de sus futbolistas. Israel ha sido desde su creación un punto de acogida de judíos de todo el mundo: centroeuropeos, orientales, rusos, latinoamericanos… No obstante, la gran mayoría de los jugadores del país son de origen mizrahim (judíos procedentes de oriente medio y el norte de África) que conviven con extranjeros y árabes sin mayor problema, hasta el punto que casi todos los clubes cuentan en sus filas con futbolistas árabe-israelíes. Muchos de ellos son pilares en equipos como Hapoel Tel Aviv, están muy bien considerados por sus hinchadas e incluso forman parte del equipo nacional israelí.

¿Y el conflicto con Palestina? Según Alberto Spectorovsky, “la liga israelí no está afectada por la eterna violencia de la zona. Estoy convencido de que los dirigentes del fútbol israelí estarían encantados de que se disputara un Israel-Palestina, igual que los deportistas. A nivel social no hay ningún problema entre los dos pueblos, pero me temo que el conflicto va más allá de palestinos e israelíes. Instituciones como el Centro Peres por la Paz entendieron que a través del fútbol se puede intentar caminar hacia la paz, pero en el momento en que los gobiernos tienen que negociar y hablar en serio, se acabaron los amigos y las buenas intenciones. El Centro Peres trae jugadores de todas partes para que conozcan la realidad del país e incluso llevó a Guardiola a Ramallah. Todo eso está muy bien, pero no basta si no hay una voluntad política real de acabar con el conflicto”.