Dice Vicente del Bosque que “no es el artífice de que Víctor Valdés no esté” en la selección. Habla de una herencia recogida y de que no ve motivos para prescindir de quienes están yendo como segundo y tercer porteros al combinado que dirige.

Pues muy bien, oye.

Cualquiera que haya visto las actuaciones de Reina o de Diego López en lo que va de temporada habrá comprobado que no están siendo excesivamente brillantes. Por contra, la de Valdés -y no sólo la actual-, sí. Diría incluso que mejor que la de Iker Casillas, aunque para muchos sea pecado el mero hecho de insinuarlo.

Convendría entonces definir los motivos por los que se convoca a un jugador o a otro para la selección. ¿Su estado de forma? ¿Su capacidad para resignarse al “castigo” de un mes de vacaciones en Sudáfrica sabiendo que no va a tener la más mínima oportunidad de jugar? ¿Su presunto carácter polémico? ¿Su afinidad con el resto del grupo? ¿Su versatilidad para ejercer de jefe de pista en los circos que monta Cuatro en la plaza de Colón?

¿Hay que llevar a los mejores o a quienes no molesten? Personalmente, soy de los que piensan que si la selección quiere ser competitiva debe llevar a los mejores jugadores, tal como haría cualquier empresa a la hora de seleccionar a un nuevo empleado. Y Valdés está entre ellos.

Pero claro, yo no decido. Lo hace alguien que se considera a sí mismo como “no artífice” de la ausencia de VV.

Buena táctica, sí señor. A partir de ahora, yo no seré el artífice de los artículos que se publican en este blog (la responsabilidad será del tipo que se inventó las bitácoras), ni tampoco de las cosas que compro en el supermercado (¿por qué las pone allí Carrefour?), de las entrevistas que hago en mi trabajo o de lo que como cada día.

Al fin y al cabo, la vida es parece mucho más fácil si se eluden las responsabilidades y se esconde la cabeza bajo tierra. Pero eso no soluciona los problemas. Si no, que le pregunten a las avestruces.