En los últimos meses me ha tocado entrevistar a varios responsables de algunos grupos de investigación científica. Muchos de ellos me comentaban, orgullosos, que habían logrado encontrar una molécula (o aislar un gen, da igual) que permitiría experimentar grandes avances en la lucha contra varias enfermedades. Al preguntarles cuándo tendrían aplicación práctica esos descubrimientos, todos coincidían en que aún tendrían que pasar varios años hasta que el público pudiera beneficiarse de sus logros.

Lo primero que te viene a la mente cuando te dicen eso es que las cosas no salen de primeras porque sí, sino que llevan su tiempo. Y, en todo caso, esos descubrimientos son la respuesta de un sector concreto a una demanda concreta.

¿A qué viene este rollo? Pues a que en los últimos tiempos me he encontrado con tres casos que, lejos de la honestidad de los investigadores, han apostado por dar credibilidad a la Ley de Say, un principio que afirma que es la oferta la que crea la demanda.

Caso 1. Gol Televisión.
Vaya por delante que yo ya tengo la famosa tarjetita y que la encontré de casualidad este mismo jueves en la tienda Fnac del centro comercial Diagonal Mar de Barcelona (por si alguien la busca y no la encuentra).
Desde que se aprobó -en pleno mes de agosto y a quince días el inicio de la liga, que hay que ser torpe- la famosa TDT de pago, encontrar un decodificador o un módulo CAM para ver Gol Televisión ha sido poco menos que imposible. Tanto que los dependientes de Fnac, Media Markt, El Corte Inglés o Carrefour, por citar cuatro sitios a los que fui en su día, te compadecían cuando preguntaban por esos chismes. Y eso, claro, si es que sabían de qué se trataba.
Hoy, cuando se va a calebrear la segunda jornada de Liga, sigue sin haber suministro. Patético. Eso sí, lo que hay son colas de gente buscando desesperadamente un cacharro para ver el fútbol por la tele.

Caso 2. El iPhone 3GS.
En el mes de junio, Movistar anunció a bombo y platillo el lanzamiento en España del nuevo teléfono de Apple. Y lo hizo, además, con buenas ofertas de portabilidad para clientes de otras compañías.
Tramité a finales de julio la portabilidad de mis dos líneas de autónomo de Orange a cambio de un iPhone 3GS a coste cero. El teleoperador que me atendió me dijo que no había problema y a los diez días me llegó a casa un paquete por Seur. Al abrirlo, en lugar del iPhone, encontré dos Blackberry que devolví de inmediato, además de cancelar el proceso de cambio.
Desde entonces he visitado algunas tiendas de Movistar donde me han dado varias versiones distintas: que no tienen stock, que sí tienen pero quieren quitarse de encima la serie anterior, que no saben cuándo llegarán… Ya me he cansado de buscar, así que de momento lo dejo, pese a que día sí y día también veo en los anuncios de televisión las presuntas bondades de un teléfono que, a día de hoy, ni está ni se le espera.

Caso 3. Nissan.
Aprovechando las ‘rebajas’ del Salón del Automóvil de Barcelona, en mayo decidí cambiar mi viejo Seat León y sus 225.000 kilómetros por un coche nuevo. Los vendedores, muy amables ellos, me dijeron que el plazo de entrega era de unos dos meses, de manera que calculé que podría irme de vacaciones con el coche nuevo y no con mi carraca. ¡Craso error! Los dos meses se han convertido en cuatro por arte de magia, y no fue hasta este lunes que dispuse del nuevo vehículo.
Se queja el sector del automóvil de que no vende coches y de que tiene que reducir plantillas al tiempo que reclama ayudas del estado. Sin embargo, mientras putea a centenares de sus empleados de la Zona Franca de Barcelona, Nissan se permite el lujo de dilatar los plazos de entrega de sus pedidos. “Ya no manejamos stock, trabajamos sobre pedido, hay crisis…” Patético.

Tres casos diferentes pero con rasgos comunes: yo lanzo la liebre y seguro que hay hordas de imbéciles que corren tras ella. Uno de esos, un servidor.

Menos mal que vuelve el fútbol…