Tras el recital frente al Sevilla y el cómodo triunfo en el Sardinero, esperábamos la visita del Hércules al Camp Nou como una oportunidad para seguir sumando los puntos de tres en tres. La única duda que parecía flotar en el ambiente era el número de goles que se llevaría el equipo alicantino.

La prepotencia y el “sobradismo” (perdón por el palabro) acostumbran a pagarse caros, y ambas cosas aparecieron ayer sobre el césped -que estaba en un estado lamentable, dicho sea de paso- del Camp Nou.

El equipo jugó desconectado, con tres de los nuevos fichajes en el once inicial (bien Adriano, regular Mascherano e inédito Villa) y con esa obsesión de Guardiola por confiar en Abidal como central, un empecinamiento que si no se corrige, puede dar más de un disgusto.
También me pareció ver que corría por allí Bojan, pero no estoy seguro del todo.

Es un tropiezo puntual. Un accidente que debe servir para que el equipo se dé cuenta de que no es invencible, de que sin actitud ni trabajo no se va a ninguna parte.
Sé que la deficiente (o inexistente, llamadla como queráis) pretemporada del equipo tiene mucho que ver en el juego de ayer, y también sé que se corregirá el rumbo en los próximos días, pero no conviene dormirse en los laureles como hizo otro equipo que, en 2006, lo había ganado casi todo.