Lo que vimos anoche en el Camp Nou fue, sin duda, el regreso del campeón. En mi último post expresé mis dudas acerca del equipo y de su estado de forma, pero intuyo -ojalá sea así- que quienes decían que el bajón estaba poco menos que estudiado (con Martí Perarnau a la cabeza) pueden tener razón.

Ayer era preciso dar un golpe de timón y el campeón volvió a jugar como necesitaba y, lo que es más importante, cuando lo necesitaba. La baja de Xavi hizo que Guardiola apostara por un centro del campo mucho más físico en el que Touré se erigió como organizador de un modo tan espectacular como sorprendente, con Busquets guardándole la espalda e Iniesta -mejor, pero sin la chispa que le caracteriza- mandando. Y con Messi actuando como centrodelantero retrasado o como media punta avanzada, da igual.

Messi. De este futbolista ya no sabe uno qué decir, salvo que su capacidad para desbordar, inventar, decidir y golear no tiene parangón. Es, sin duda, lo mejor que he visto sobre un campo de fútbol; tal vez no tan elegante como el gran Ronaldinho (el de 2003-2006), pero sí más eléctrico y decisivo. Messi lo tiene todo, pero viéndole jugar parece que no sea suficiente. Se le ve disfrutar y aunque su clase se basa en su talento individual, creo que es un jugador de equipo enorme.

Se suele decir que la historia se repite, y lo cierto es que la trayectoria del Barça esta temporada se asemeja mucho a la campaña pasada. El bajón de resultados (mucho peor en 2009) se ha dado en las mismas fechas y la resolución de los octavos de final de la Liga de Campeones también se parece. (1-1, 5-2 en 2009 frente a un equipo francés). Si todo tiene que acabar como entonces, me alegro del carácter cíclico de la historia.

Porque el gran Barça volvió anoche. Porque, al contrario que otros, el campeón sí pasó la eliminatoria.