messi

Afrontaba el Barça el partido de vuelta de los octavos de final de la Liga de Campeones con una mezcla extraña de confianza, fe y temor. Uno no tenía la certeza de que las declaraciones de los jugadores tras el terrible partido de ida y las derrotas frente al Real Madrid no fueran realmente una pose.

El “pongo la mano en el fuego” de Iniesta o el “estamos convencidos de pasar” de varios de sus compañeros, ¿fueron dichos con total convencimiento o eran expresiones dignas de un experto jugador de poker que iba de farol?

La respuesta a esa pregunta no tardó en llegar más que cuatro minutos, que fueron los que necesitó ese genio argentino de metro sesenta y pico para lanzar un zurdazo a la escuadra de la portería del Milan. Todo el mundo -incluida gran parte de la afición que en su día vivió los revolcones de Inter y Chelsea– se dio cuenta de inmediato que el once dirigido por Jordi Roura no iba de farol. Tenía muy clara cuál era su apuesta y cuáles las cartas que debía jugar.

Poco a poco, la escalera de color azulgrana iba tomando forma. Y esa forma era la de la presión asfixiante de todo el equipo ante la salida del balón de los italianos, que todo lo que pudieron hacer en los primeros minutos era regalar pelotazos y pertrecharse de nuevo atrás. El Barça era un martillo pilón, con Villa bregando con los centrales, Alves omnipresente en la banda derecha y Alba percutiendo por la izquierda, mientras Xavi, Iniesta y Busquets -¡qué partido el suyo!- creaban y robaban, corrían y se movían para que un tipo llamado Lionel Messi elevara aún más su leyenda en el mundo del fútbol.

Como en toda partida de poker, hubo también un momento de incertidumbre. Ese en el que los jugadores clavan su mirada en la del contrario y, por un instante, tiembla toda la estrategia. Pero quiso el destino que el poste de la portería de Valdés rechazara el balón de Niang, dejando en nada lo que pudo haber sido una mano maestra de los italianos.

Impulsado por la sacudida de esa jugada, Messi agarró un balón robado por Iniesta para poner el 2-0 en el marcador. Y, a partir de ahí, el Barça echó el resto. Fue un “all in” en toda regla que se tradujo, tras el descanso, en el gol de un incansable Villa y en la alegría desbordante de quien recoge todas las ganancias de la mesa cuando Jordi Alba, esa bala llegada de Valencia, anotaba el cuarto.

No hubo farol. El Barça rompió la baraja.