Del minuto uno hasta el noventa, el Barça no dejó ayer respirar a un Valencia que saltó asustado al césped. Una línea de cinco atrás y otra de cuatro por delante sólo sirvieron para ver cómo Villa, uno de los mejores delanteros de Europa, se desesperaba viendo el balón correr de un jugador blaugrana a otro a una velocidad de vértigo.

Presión, ritmo, voluntad, solidez defensiva, físico (lo de Alves es espectacular, pero no es el único caso), calidad, toque, pegada y, sobre todo, saber en todo momento qué es lo que tenían que hacer. Es la mejor forma de resumir el juego desplegado por el Barça en el Camp Nou. Es una pena, pero venimos de dos temporadas tan desastrosas que nos hacen elogiar lo que debería ser normal: el trabajo en todos los sentidos.

Ayer Messi no deslumbró, no marcó y apenas dejó un par de chispazos de su clase. Y no se notó. Apareció Henry y, aunque nadie lo diga, también dos tipos que cuajaron un excelente partido: Hleb y Gudjohnsen. Dos jugadores que no son de primera fila pero que demostraron que en un ambiente adecuado y con el espíritu de equipo correcto pueden dar mucho de sí.

El martes llega el Shakhtar, pero ese es un partido que, afortunadamente, es más una molestia que otra cosa. Lo que importa de verdad es el encuentro del sábado, un partido que podemos afrontar con cierta tranquilidad, sin presión y con la mejor de las caras.

Tengo muy presente lo que ocurrió hace seis meses en el Bernabeu y lamentable imagen que dieron 9 de los 11 jugadores que fueron titulares contra el Valencia. Espero que ellos tampoco lo olviden y den a la afición aquello de lo que nos privaron en la tristísima noche en que les hicimos el pasillo.

El sábado saldremos de dudas.