Leo en el blog de Julián Ruiz en El Mundo un artículo acerca de la supuesta madriditis de Guardiola y me desternillo de la risa.

Leo el blog de Diego Valor y no salgo de mi asombro por la inquina que destilan los posts de alguien que firma con un seudónimo que contrasta con su voluntad de ocultar su -por otra parte ya desvelada- identidad.

Leo los editoriales de Eduardo Inda en Marca y me pregunto (sabiendo la respuesta) qué habrá hecho este hombre en su vida para dirigir ese diario, antaño prestigioso.

Leo los artículos de Alfredo Relaño y -además de preguntarme por que los leo- me cuestiono si el director de As no ha empezado a chochear.

Leo a José Luis Carazo y me da vergüenza ajena.

Leo y escucho a Josevi Hernáez y me repatea esa prepotencia y ese lenguaje que, de tan castizo, se ha vuelto casposo.

Leo, leo, leo… y de vez en cuando me encuentro con gente que realmente sabe lo que dice y, lo que es mejor, cómo decirlo. Segurola, Besa, Rico, a veces Sámano. Gente -casualmente- más joven y que no tiene la rémora del vicio adquirido, del tipo que no ha sabido adaptarse a los cambios y del que añora tiempos pasados.

Curiosa profesión ésta, en la que muchos de los que ejercen el periodismo deportivo juegan a ver quién es el que la tiene más grande. Como decía Serrat, entre esos tipos y yo hay algo personal.

Voy a seguir leyendo. A Paul Auster, claro.