Aunque por edad podría recordar algo del mundial de Alemania´74, mis primeros recuerdos claros de un campeonato del mundo de fútbol se remontan a 1978, en Argentina. Fue el mundial de las melenas de Kempes, Luque o Tarantini, el de la manipulación que la dictadura de Videla hizo del fútbol para acallar la sangrante situación que se vivía en el país y que, en aquel 6-0 de Argentina a Perú (con un portero argentino, Quiroga, defendiendo la puerta peruana), se plasmó también en el campo. Fue el mundial de la segunda derrota consecutiva en una final de Holanda, que sirvió para acabar definitivamente con una Naranja Mecánica que no contaba con Cruyff, pero sí con Rensenbrink. Y fue el mundial del fallo de Cardeñosa, de Hansi Krankl, del peruano Cubillas y, en mi caso, el primer campeonato en color.
El mundial de España´82 es uno de los que recuerdo de forma más clara. Y fue, sin duda, uno de los campeonatos con más contrastes que he podido ver por televisión. España hizo el ridículo -para variar- pese a las ayudas que FIFA y sus árbitros (el penalty fuera del área contra Yugoslavia sólo es comparable al de Boniek en la triste final de Heysel) y dijo adiós en la segunda fase tras caer en el mismo grupo que Alemania (entonces República Federal) e Inglaterra. Pero, sobre todo, fue el mundial del árbitro español Lamo Castillo perjudicando a la URSS y prácticamente echándola del torneo, el del Brasil-Italia (uno de los mejores partidos que he visto), el de la elegante y naciente Francia, el de Sócrates, Falcao, Eder, Rossi, Boniek, Platini, Rocheteau, Tigana, Giresse, el de N´Kono y Milla, el del fallecido Gaetano Scirea (uno de los mejores centrales-líberos que ha dado el fútbol), el del grito de Tardelli tras marcar en la final, el de los saltos del presidente Pertini, el de la brutal agresión de Schumacher a Patrick Battiston, el del jeque Kuwaití saltando al césped de Zorrilla… Y también, no conviene olvidarlo, el de Naranjito y Sport Billy.