Siempre me ha gustado Londres.
Me gustan sus calles y la sensación de sentirse como un niño de teta que no sabe a ciencia cierta hacia dónde mirar antes de atravesarlas.
Me gusta su laberíntico y muchas veces incomprensible metro, en el que uno no sabe nunca si ha cogido el tren en la dirección correcta.
Me gusta entrar en un pub, pedir unas pintas (nunca es suficiente con una) y olvidarme del mundo y de las preocupaciones cotidianas.
Me gusta ver (y criticar, ¿por qué no decirlo?) a esas chicas que salen de fiesta en las noches de noviembre ataviadas con un minivestido de tirantes y ateridas de frío –me gusta porque se aplican aquello de ‘para presumir hay que sufrir’, no penséis mal– a uno o ninguno grados centígrados.
Me gustan los hoteles baratos (?) de angostas habitaciones e inabarcables y estrechas escaleras que pueblan los barrios de la capital británica (aunque no me gusta subir esos escalones con las maletas).
Me gusta el ambiente inimitable de los campos de fútbol ingleses (¿qué deben pensar allí cuando aquí más de una afición se autocalifica como la mejor del mundo?).
Me gusta estar allí entre semana, cuando uno no tiene la impresión de que el español y el italiano son idiomas oficiales del Reino Unido.
Me gusta sentarme en el Blackbird y esperar y ver (wait and see, que dicen allí) cómo transcurre la tarde por las calles de Kensington & Chelsea y comprobar que lo único que pasa es gente de un lado para otro, veloces marabuntas que, con una frecuencia de dos minutos, salen en grupo del metro de Earl’s Court.
Me gusta visitar Soccer Scene, mi tienda de deportes favorita en Londres, aunque llevo dos viajes a la ciudad sin comprar mi ritual camiseta de fútbol.
Me gusta -y entiéndase esta como mi más temeraria experiencia- hasta comer el special pie de cualquier buen pub y acompañarlo del Orgullo de Londres.

Supongo que me gusta Londres porque no la sufro como residente ni como trabajador nine to five de una metrópoli de dimensiones brutales. Porque encuentro pintoresco que a las cuatro de la tarde sea poco menos que noche cerrada y que a las cinco cierren muchas tiendas. Porque puedo permitirme el lujo de caminar a la mitad de velocidad que los londinenses. Porque la miro, en definitiva, desde un prisma latino, sureño y mediterráneo, desde el punto de vista de un país que hasta hace pocos años apenas salía de viaje y que sigue pensando que “como en España no se come en ningún sitio“, que “el español es el único idioma que se pronuncia como se escribe” y que la selección de Luis Aragonés ganará la Eurocopa (como cada año, por otra parte).
Pero no puedo evitarlo: me gusta Londres.