¿Quién no se ha visto en alguna ocasión en la tesitura de tomar una decisión difícil? No creo equivocarme si digo que todos, en un momento u otro, hemos tenido que deshojar una margarita.

La de Joan Laporta se ha vuelto caprichosa y no se deja arrancar los pétalos. Diríase que el presidente del Barça no necesita margarita. Lo tiene claro: no piensa dimitir aunque se le caiga encima el techo. Cree tener la fuerza suficiente para sacar el proyecto adelante y no quiere escuchar el mensaje que los socios le enviaron el domingo pasado. Se siente legitimado (estatutariamente lo está) y desea agotar su mandato. Laporta es, o al menos parece, impermeable.

En el otro lado están los directivos que le han acompañado hasta ahora. Entre ellos parece que han arraigado dos tipos de margaritas. Unos, más o menos la mitad, han comprado la misma caprichosa flor que Laporta; otros, la otra mitad, parece que tienen una margarita de las de siempre, de las que se deshojan con una leve presión de los dedos índice y pulgar. Los primeros respaldan al presidente; los segundos preferirían una retirada a tiempo y, ¿por qué no? con honores.

Mañana (si es que no se resolvió ayer en la cena nocturna de la directiva)  sabremos -o no- si las margaritas tradicionales, las de toda la vida, se marchitan ante la transgenia de la flor de Laporta o si, por el contrario, se tornan en poderosas magnolias de acero capaces de superar el más duro golpe para seguir mirando al futuro.

Me gustaría que ocurriera lo segundo, sin duda. Pero si tuviera que apostar, lo haría por lo primero.

Perdona el robo del título, Guso.

Foto: Getty Images.