Me senté delante del ordenador con la intención de escribir mi previa de la final de la Liga de Campeones. Abrí el correo y descargué los mensajes, entre los que había algún comentario a mi último post donde “matxouni” me preguntaba si iba a postear una previa. “En eso estaba”, pensé. Pero, de repente, sin saber bien cómo, me dio un impulso y contesté: “No voy a hacer previa. Salgo para París en una hora”. Me sorprendí a mí mismo al verme escribir esas dos breves frases, pero eso fue exactamente lo que hice: preparar cuatro cosas, coger el neceser, meter en la mochila la bufanda y la camiseta del Centenari, hacer acopio de CDs que me hicieran más liviano el viaje, subirme al coche e iniciar -solo- un trayecto de mil ciento y pico kilómetros, los que separan mi domicilio de la capital francesa. Eran, más o menos, las cinco de la tarde del martes 16.
El viaje transcurrió bien mientras hubo luz diurna, pero cuando se hizo la noche los kilómetros parecían tener más de mil metros. Finalmente, a eso de las cuatro de la madrugada, estacionaba el coche en una solitaria calle de Montmartre, a escasos metros del Moulin Rouge y de la plaza Pigalle. Recliné el asiento e intenté echar una cabezadita. El intento duró apenas dos horas, porque fue entonces cuando empecé a percibir el ambiente de final europea. O, mejor dicho, a darme cuenta de que en esa final europea había un equipo inglés, puesto que a las seis de la mañana había algún supporter pasado de alcohol que iba profiriendo gritos por la calle. Me levanté, desayuné (café au lait et croissant, naturellement) y conduje hasta el Stade de France. A esa hora ya estaban cortados los accesos al campo, por lo que decidí desandar el camino y abandonar el coche en un parking de la Escuela Militar, al pie de los Champs de Mars y muy cerca de la Torre Eiffel. A partir de ese momento, sólo iba a moverme a pie o en metro.
Sobre las ocho de la mañana empezaron a aparecer muchos de los seguidores del Barça que habían viajado con el RACC y que se concentraron bajo la torre, convirtiéndola en el verdadero punto de encuentro de los culés. Justo al otro lado del río, frente al palacio de Chaillot, la UEFA había montado una especie de feria con un campo de fútbol-7, stands de sus patrocinadores y una fantástica pantalla gigante donde quienes no teníamos entrada presumíamos que podríamos ver la final. Me acerqué allí y pregunté a un miembro de la organización si iban a transmitir el partido. No sólo me dijo que no, sino que debía estar tan harto de responder la misma pregunta que decidió hacer público a través de la megafonía que no iba a haber partido en aquella pantalla (¡y no me toquen más las narices!, le faltó decir).
Ante ese panorama, tenía dos opciones: intentar encontrar una entrada o localizar un lugar donde ver el partido sin demasiados problemas. Para lo primero, no podía perder demasiado tiempo; lo segundo, en cambio, no debería suponer problema alguno. Así que inicié la búsqueda…