Lo primero que hice fue comprobar que en el centro de París no habría forma de encontrar una entrada, así que me encaminé hacia el Stade de France. El estadio está enclavado junto a una de las vías rápidas de entrada a la ciudad y junto a diversos centros comerciales y salas de cine. Aunque en días de partido es prácticamente imposible llegar en coche, el metro (mejor dicho, el RER, una especie de tren de cercanías) llega justo hasta la entrada. En los terrenos aledaños al campo, el Barça había organizado diversos chiringuitos para que sus aficionados pudieran pasar las horas previas al partido en un ambiente agradable. La avenida que une la estación del RER con el estadio estaba llena de puestos de comida, bufandas, recuerdos y todo tipo de gadgets conmemorativos, pero lo que más me llamó la atención fue la cantidad de seguidores del Arsenal que sostenían en sus manos un cartón en el que habían escrito: “J’achète billets – I need Tickets – Necesito entradas”. Mal asunto, pensé.
Seguí caminando y me detuve en un puesto de perritos calientes (¡oh, la cuisine française et sa grandeur!) en el que había varios seguidores culés hablando sobre la posibilidad de encontrar una entrada. Pedí un bocadillo y una cerveza y me uní a la conversación. Eran cuatro aficionados de Castellón, de los que uno tenía entrada adquirida en el RACC (¡esa gente existe!) y los otros tres, como yo, habían llegado a París sin entrada. Me dijeron que habían localizado un par de reventas y que les ofrecían una entrada por 3.000 euros o dos por 5.000. Ahí vi claro que no iba a poder entrar al campo. Mis colegas de almuerzo me explicaron que tenían previsto pasar el día allí y volver a pedir precio al reventa una vez que empezara el partido. “Cuando haya comenzado la final, le diremos que le ofrecemos 200 por entrada; si los quiere, perfecto. Si no, que se las coma”. Muy optimistas les vi, pero quedé con ellos en que por la tarde volvería para ver si progresaban o no. Era alrededor de la una del mediodía y, pese a que el ambiente y la convivencia entre las dos aficiones era magnífico, me di la vuelta y volví a París a dar un paseo, a hacer alguna compra (aún recuerdo la cara de estupefacción del dependiente de una de esas tiendas de alta alcurnia cuando me vio entrar en el establecimiento disfrazado con bufanda, camiseta, tejanos, bambas y cara de haber dormido poco) y a sentarme a descansar bajo el sol parisino. Sobre las cinco de la tarde, regresé al Stade de France.