Esta vez, el vagón del RER iba abarrotado. Camisetas amarillo fosforito, azulgrana, amarillas del Arsenal, bicolores del Centenari, granas del equipo londinense… Parecía que fuese a celebrarse un cuadrangular en lugar de una final entre dos equipos. Bajé del tren y me dirigí hacia los chiringuitos organizados por el Barça para ver si encontraba a mis colegas castellonenses. Cerca de media hora después, di con ellos. Seguían sin entrada. Insistían en esperar hasta que el partido comenzase para acosar a los reventas con ofertas que, a esas horas, sonaban ridículas para los precios que se pedían. En seguida me di cuenta no sólo de que había cada vez más ingleses con carteles solicitando entradas, sino que el número de culés empleando la misma técnica seguía subiendo.
Las seis y media. Decidí dar una vuelta a todo el perímetro del estadio para ver si se abría alguna otra posibilidad que la de soltar 3.000 euros por un ticket. No había forma. Camino a la entrada de personal acreditado y medios de comunicación, me encontré con ¿insignes? barcelonistas que, dichosos y felices, iban a ver el partido. Al pasar junto a algunos de ellos (un ex-director del más veterano periódico de información general de Barcelona formaba parte del grupo, así como otros tertulianos, por llamarles de un modo suave), quise hacer un chiste: “No les sobrará una entrada, ¿verdad?”. La mirada que recibí me recordó a aquel anuncio de atún en el cual alguien contestaba al sabroso pescado: “¿pero tú tienes estudios, piltrafilla?”. En ese momento me acordé del sorteo, de las colas del RACC (que yo no hice, pero que seguro que esos ¿VIPS? tampoco), del lío de los “compromisos institucionales”, de los despreciables afortunados en el sorteo que vendían su ticket por mil o mil y pico euros… Sabía que encontrar una entrada en París iba a ser poco menos que misión imposible, pero no pude evitar desanimarme.
Una vez me convencí de que no podría ver el partido en vivo, me di cuenta de que tenía que buscar un lugar para verlo plácida (si es que eso es posible en una final) y cómodamente por televisión. Eran las 19:15 y tenía cerca de una hora y media para buscar emplazamiento. La primera idea fue quedarme en los bares que había junto al estadio, pero estaban llenos de ingleses “rellenos” de cerveza y no tenía ganas de compartir con ellos una experiencia así. Volví hacia la estación y enfilé de nuevo el camino hacia el centro de París. Bajé del tren en la parada de Saint Michel-Nôtre Dame y llegué al barrio latino, una zona en la que recordaba, de anteriores viajes, cierta animación, un buen número de restaurantes y diversos locales nocturnos. Comencé a caminar por sus calles y al pasar por delante de un restaurante griego llamado “Le Meteora”, me llamó la atención un tipo que se dedicaba a romper platos en la puerta para atraer clientes. “Curioso método”, pensé. El tipo me vio mirarle y me señaló un folio que ponía “Ce soir, FC Barcelone-Arsenal FC sur TF1” para, acto seguido, hacer lo propio con un enorme televisor de plasma que había al fondo de la sala. Aún no eran las ocho y a esa hora, al menos para un tipo ibérico como yo, aún era muy pronto para cenar. De todos modos, entré y pedí una cerveza.
Llevaba algún tiempo allí mirando la previa del partido cuando comenzó a sonar una base rítmica que procedía de una especie de teclado. A su lado, dos músicos armados (que no provistos) de sendas guitarras, empezaron a tocar las melodías griegas más largas e inacabables que he escuchado nunca. Y un súbito dolor de cabeza me asaltó. Intenté hacer oídos sordos y diez minutos antes de empezar la final pedí la cena: para empezar, calamares rellenos; de segundo, la “brochette du patron”. El local no tenía pretensiones, la comida era buena y el televisor tenía, al menos, 46 pulgadas. Sin embargo, en cuanto llegó el primer plato me arrepentí: la dosis de comida era enorme. El camarero -que llevaba un pin del Barça que le había dado, según él, Henk Ten Cate- me dijo que no me preocupara, que tenía casi dos horas para acabar con ella. Pedí otra cerveza (marca Marathon, no podía ser otra) y comenzó el partido.
Justo entonces entraron 3 ingleses que se colocaron en la mesa contigua a la mía. Como yo no tenía sonido ambiente, grité como un energúmeno el gol anulado a Giuly para, instantes después, sentirme un poco imbécil. Gol de Campbell. Los ingleses dicen un simple “Yes” y aplauden un par de veces. Los griegos siguen tocando y yo siento que mi cabeza va a estallar. Pido una aspirina pero mi camarero me dice que no tiene y que tranquilo, que ganaremos. Llega el descanso y, a falta de aspirina, pido la tercera cerveza mientras intento acabar con la brocheta del jodido patrón. Comienza la segunda parte, el sirtaki (o lo que tocaran aquellos señores) no hacía más que incitarme a consumir cerveza. Cuando estoy a punto de acabar con la cuarta Marathon, marca Eto’o. El camarero viene, me estrecha la mano y, sin pedirla, me trae otra cerveza. Empiezo a preocuparme pero me digo: “¡Qué demonios! Si hoy no tengo que conducir…”. Le doy el primer trago y llega el gol de Belletti. A partir de ahí, contemplo el rondo del Barça en los últimos diez minutos y la música griega empieza a no desagradarme. Acaba el partido y charlo con los ingleses (de hecho, eran irlandeses de Belfast) sobre el partido, me felicitan, les consuelo diciéndoles que tienen un equipo muy joven y con futuro y pido la cuenta al camarero. El tipo debía ser culé, porque sólo me cobró tres de las cinco cervezas que bebí. Pagué (48 euros, por si a alguien le interesa, mucho menos que los indecentes 3.000 de un trozo de papel para el Stade de France) y me fui caminando, feliz y algo eufórico -y no por la victoria- por la orilla del Sena hacia la Torre Eiffel, donde encontré cientos de culés que, como yo, se habían conformado con ver la final por televisión.
Mientras andaba, la noche parisina era más bien silenciosa. Un silencio sólo roto por el sonido de los coches matriculados en España que tocaban el claxon al ver mi camiseta y por los escuetos “Congratulations” que recibía de los supporters ingleses que se cruzaban en mi camino. Sin embargo, en mi cabeza, aún dolorida, había otro sonido redoblando: el de la música griega, quien sabe si una señal de que dentro de un año pueda ser Atenas la ciudad que contemple mi deambular por sus calles. Eso sí: esta vez procuraré llevar entrada.
Foto: elmundo.es