Soy culé hasta la médula, y reconozco que me gusta ver perder (o no ganar, que viene a ser lo mismo) al Real Madrid. No creo que sea pecado, pero lo vivo -como decía el anuncio de las hemorroides de televisión- en silencio en la soledad del salón de mi casa y sin molestar a nadie.

Pero resulta que tengo un vecino hooligan. Es un chaval joven (no creo que tenga más de 20 o 22 años) con el que me cruzo de vez en cuando por la escalera. Suele ir ataviado -de forma indistinta- con un chándal del Espanyol o con uno del Madrid y, pese a mi ancestral reticencia a mantener conversaciones vacías con los demás habitantes de la escalera, siempre me ha parecido un tipo agradable. Nos saludamos, me espera en el ascensor si ve que entro en el portal tras él, acaricia a mi perra, incluso alguna vez me ha invitado a fumar. Un tipo normal y un vecino ejemplar. Excepto los días de fútbol.No necesito que nadie me recuerde los días en que el Barça, el Madrid o ambos disputan jornada de Liga de Campeones. Por la mañana, los cánticos antibarcelonistas (de todo tipo) y de extrema derecha (‘Cara al sol’ incluido) de mi vecino me ‘alegran’ la ducha matinal, ya que me llegan a través del patio de luz al que desembocan las ventanas del baño.

Fue mi mujer quien me dijo un día: “Creo que el vecino de arriba tiene un hijo con algún problema, porque se oyen canciones y gritos extraños en el baño”. Le contesté que no, que los vecinos tienen dos hijos (el susodicho y una hija que se pasa el día ‘fileteándose‘ con el novio en el portal) y un perro llavero de esos que no dejan de ladrar de una forma tan aguda que te taladra el cerebro. “Pero parecen normales”, le dije.

Así que al día siguiente (se jugaba un Juventus-Real Madrid), al descorrer la cortina y entrar en la ducha, atronó de nuevo esa tonada desafinada (¡si al menos cantara bien!) , me fijé en las letras y asocié (cosa que confirmé después) la ‘música’ con el chaval del chándal.
Pensé en dejar de ducharme cada mañana, pero pronto me di cuenta que la higiene corporal está, muy a menudo, por encima de la mental -excepto si subes al tranvía en Estambul, aunque eso merecería un post aparte-. Así que hice de tripas corazón y me dí una ducha algo más rápida de lo habitual.

Quiso la casualidad que aquel partido en Delle Alpi significara la eliminación del Real Madrid. Figo falló un penalty y Nedved marcó un gol ante la impotencia de Fernando Hierro (aquel día Manolo Lama profirió aquello de “¡Hierro vete a tu pueblo, por Dios!”) ante el que no pude reprimir un grito de euforia que causó un buen mosqueo a mi perra (que ladra como un perro de los de verdad) y una mirada de mi mujer que no he vuelto a ver desde entonces.

Supongo que mi vecino oyó mi alarido, pero no creía que me lo tuviera en cuenta hasta esta noche. Cuando Víctor Valdés ha hecho ese doble paradón, la retahíla de insultos que han salido de la boca del energúmeno futbolistico se han oído desde Badalona hasta Castelldefels, calculo. Os aseguro que no suelo celebrar a lo bestia los goles que encaja el Real Madrid, aunque en mi fuero interno sienta un goce mayúsculo igual o mayor al que los merengues sanos sienten cuando nos marcan a nosotros.

Pero os aseguro, también, que no pienso capitular en esta guerra decibélica. Si mañana la Lazio marca algún gol (aunque acaba perdiendo, como ocurrirá) los gritos de hipo huracanados de Pepe Pótamo van a parecer suspiros frente a los que proferiré yo. Eso sí, sin insultar. Porque yo -aunque por dentro disfrute como un cabrón, con perdón, con esas cosas- soy un caballero.