Frente al pesimismo que empieza a cundir entre algunos blogueros culés, yo mantengo mi fe en el equipo y, sobre todo, en el entrenador.

Asistí, aunque no lo recuerdo (las entradas y los testimonios de mis padres son mi única prueba) al debut de Johann Cruyff como jugador del Barça. Fue en un partido del Camp Nou contra el Granada y el partido acabó con victoria azulgrana por 4 a 0. Desde aquel día, el equipo -que iba penúltimo- no volvió a perder en la liga y acabó llevándose el título, con goleada en el Bernabéu incluida. Era el año 1974 pero, como digo, no recuerdo nada de aquella liga. Tenía apenas seis años.
La primera victoria en el campeonato de liga que recuerdo fue, pues, la del equipo que dirigía Terry Venables y que en el Trofeo Joan Gamper le endosó 9 goles a Gatti, que entonces era el portero de Boca Jrs. Aquel once formado por Urruti, Gerardo, Migueli, Alexanko, Julio Alberto, Víctor, Schuster, Calderé, Carrasco, Rojo y Archibald fue el primero que acabó con una larga, larguísima, racha de frustraciones. Cuando Urruti paró aquel penalty en Valladolid a Mágico González (tipo que, por otra parte, necesitaría un post para él solito) y el equipo ‘campeonó’, quien escribe tenía ya 17 años. Y en ese tiempo había visto fracasar a Maradona, había visto salir por la puerta de atrás a mi ídolo (Neskeens), había sufrido cómo un lamentable técnico alemán (Lattek) había tirado por la borda una liga con 6 puntos de ventaja a falta de 5 partidos (las victorias valían entonces sólo dos puntos) y como únicas alegrías me había llevado a la boca algunas Copas del Rey y dos Recopas de Europa, puesto que la Copa de Europa era terreno vedado para los segundos clasificados. Diecisiete años (ya digo que no cuento la Liga de 1973) de sequía.
Los veintidós años siguientes han sido otra cosa. Y todo cambió -le guste a la gente o no- con el retorno de Cruyff, esta vez como entrenador. Desde que ganó su primera liga como técnico blaugrana (1990-91) hasta hoy, se han disputado 16 campeonatos de Liga, de los que Barça salió triunfador en ocho de ellos -siempre con un entrenador holandés-, a las que hay que añadir las dos Copas de Europa.
¿Por qué suelto este rollo? Porque veo que hay gente más joven que yo que prácticamente ha nacido viendo ganar al Barça, lo que los vuelve aún más exigentes con el equipo. Y eso está bien, hay que ser exigente con quien ha demostrado su capacidad para rendir más. No eludo la crítica al equipo ni soy tan ciego como para obviar que hay cosas que no se hacen bien, pero procuro aislarme un poco del “entorno” (¡qué bien acuñado ese término referido a lo que rodea al club!) blaugrana, que con mucha facilidad se vuelve pernicioso y es capaz de hacer que todo lo que toque se desintegre.
Y lo hace de una forma tan temeraria que es capaz de aprovechar el parón liguero para arremeter contra todo lo que se menea en lugar de concederle al equipo el beneficio de la duda. Oportunistas como José Luis Carazo, que lo más redondo que ha visto en su vida es una onza de chocolate, no hacen ningún favor al club cuando pasan de reírle todas las gracias a buscar tres pies al gato a cualquier tontería (abro un paréntesis para pedirle a quien conozca a Carazo que le diga que los nombres propios no admiten artículo en castellano, por lo que no debe decir “El Eto’o” o “El Ronaldinho” cuando hable por radio) amparándose en el “me dicen” o “me cuentan”. Volvemos al rigor -brillante por ausente- de la prensa deportiva.
Me he ido por las ramas y no quería hacerlo, pero, como diría Carlos Megía Godoy y sus inseparables de Palacagüina, me “sulivellan” estas cosas. Resumiendo: creo en el equipo (¿alguien piensa que no es mejor que el año pasado?), creo en Rijkaard y, sobre todo, creo en la gente que es capaz de aprender de sus errores. Los hubo el pasado año, es cierto, pero eso no significa que tras dos partidos (empate y victoria, de menos a más) tengan forzosamente que volver a repetirse.

Para quien no lo viera, me permito el lujo de poner la parada del malogrado Urruti de la que hablaba antes. Con la voz, por supuesto, de Joaquim Maria Puyal.