El sorteo de la fase de grupos de la Liga de Campeones es, para mí, el verdadero punto de partida de la temporada futbolística. Antes de que empezaran a sacar las bolas de los recipientes me temía que la mano inocente de turno emparejara al Barça con el Chelsea. Y, efectivamente, así ha sido.
Por tercer año consecutivo, los culés se verán las caras con los de Stamford Bridge, aunque, en esta ocasión, sin el dramatismo -al menos a priori- de las dos ocasiones anteriores. Tal vez eso sirva para ver, si ninguno de los dos falla en Bremen o en Sofía, un pulso distinto, menos táctico y menos prudente. Ojalá sea así y podamos ver a Messi hacer “teatro”, aunque en esta ocasión no tenga como partenaire a Asier del Horno. Seguro que José Mourinho, que afronta una nueva oportunidad para conquistar la Champions League (si no lo hace, veremos cómo reacciona Abramovich), ejercerá como buen apuntador y seguirá jugando a ese juego que tan bien domina: hacer que la presión mediática recaiga sobre él para que sus jugadores estén más tranquilos.
Lo único que lamento es que, una vez vistos los dos primeros partidos del Chelsea y el estado de forma del Barça, el partido no sea mañana.
Da igual. En su lugar tenemos una final europea en Mónaco. Para allá me voy, esta vez con entrada y no como la última vez…