Acabó la Liga con el triunfo del  Real Madrid. Mientras el equipo del portugués diplomado en fair play se hacía con los tres puntos que le faltaban en San Mamés, Guardiola se presentaba ante los medios de comunicación para ofrecer una de sus últimas ruedas de prensa como entrenador del Barcelona. Y, claro, no dejó a nadie indiferente.

La frase “han pasado muchísimas cosas que se han escondido por nuestro silencio” es demoledora. El problema es que este mundo del fútbol y su entorno -cada vez más asqueroso- hacen bueno aquel proverbio chino que dice que “cuando el sabio señala la luna, el tonto mira al dedo“. La consecuencia de ello es que muchos centran la interpretación de esas palabras en una crítica a los árbtiros -que también la hay- cuando, y lo digo convencido, estoy seguro que Guardiola disparaba más alto.

Pep se va, según dijo el día de la rueda de prensa en que anunció su no renovación, “vacío“. Desgastado por cuatro años en los que -no sé si a propósito o no- ha ejercido como algo más que un entrenador. Ha sido eso, pero también director de comunicación (pese a que en dos años el club ha nombrado cuatro ejecutivos en ese puesto), portavoz y, si me apuran, presidente in pectore.

Nuestro silencio“. Dos palabras que esconden algo más que la crítica a los árbitros que todo el mundo piensa. Ese silencio alude, por ejemplo, a la incapacidad supina de la Junta Directiva del club para levantar la voz ante quienes acusan de dopaje a sus deportistas más allá del “estoy enfadado, muy enfadado” en ese tono gris que caracteriza a Rosell cada vez que abre la boca. Una Junta que del “llegaremos hasta las últimas consecuencias contra la Cope” decide aceptar los 200.000 euros que el infractor propone como compensación, cuando esa misma Junta había pedido 6 millones. Que esa es otra: el monaguillo de las 12 insulta, calumnia y luego son él y su episcopal casa quienes proponen y deciden cuánto cuesta el honor de unos futbolistas. Fantástico.

En ocasiones, una condena por daños al honor sin indemnización es preferible a cuatro duros que, además, ni siquiera van a engrosar las arcas del club.
Eso sí: Espanyol y Sporting ya pueden ir preparando sus cuentas bancarias. En unos meses, les caerá maná celestial.

Silencio. Y no sólo silenzio stampa -que también-. Silencio cuando un impresentable agrede a tu segundo entrenador de la forma más vil y miserable, a lo Vinnie Jones, el tipo que para levantar del suelo al rival al que había lesionado le tiraba de los pelos del sobaco (sí, sobaco; axila queda demasiado fino para ese elemento).

Silencio, reitereixo (parafraseando a un vicepresidente incapaz de conjugar bien el verbo ‘reiterar’ en catalán), cuando tras un partido el directivo de turno dice que no se va a recurrir una tarjeta y minutos después, Pep dice todo lo contrario en la sala de prensa.

Silencio cuando -por poner un ejemplo- te escamotean dos penaltis en Mestalla y el directivo desplazado dice que “si no los ha pitado el árbitro es que no lo eran”.

Silencio cuando se califica un insulto grave como menosprecio, o cuando un descerebrado que se gana la vida jugando al fútbol pisotea la mano de tu mejor jugador cuando éste está en el suelo. Silencio.

Y un silencio más del que estoy todavía más convencido: de Guardiola jamás saldrá una acusación directa que aluda a cosas como las que yo pienso. Es eso que se llama “un hombre de club”, y sabe qué es lo más importante, algo que más arriba posiblemente desconozcan.

El es así. Mea colonia. Guarda silencio.