Nueva York te hace sentir pequeño. Muy pequeño. Y si, como es mi caso, es la primera vez que se visita la ciudad, se corre el riesgo de acabar con un esguince cervical o, como mínimo, con tortícolis. Todo es grande allí. Los edificios, las avenidas, las distancias… Y sin embargo no se puede evitar tener una cierta sensación de familiaridad, una peculiar percepción de ‘dejà vu’, como si ya hubieses estado allí antes. En apenas diez días me he visto a mí mismo en diversas escenas de ‘Blade Runner’ (busqué sin éxito a Harrison Ford y a Sean Young en Times Square bajo la lluvia), ‘Manhattan’, ‘El Padrino’, ‘Cuando Harry encontró a Sally’, ‘Tienes un e-mail’ y un sinfín de películas más.

Nueva York es una ciudad frenética y acelerada, capaz de sorprenderte y de responder a los tópicos que tantas veces hemos visto en el cine. Un lugar donde es posible contemplar en la misma manzana de la 5ª Avenida a gentes que salen de las boutiques más selectas cargados de compras (y allí no hablamos de tiendas de todo a 1 euro) y a homeless que rebuscan en las papeleras para apurar los restos de café de un vaso de Starbucks que alguien no se terminó.

Nueva York es una torre de babel donde uno tiene la sensación que el idioma más usado no es el inglés, sino el español o, como mucho, el spanglish. Basta con entrar a cualquier lugar para comer o beber algo para comprobarlo. El problema es que muchos turistas españoles piensan que es lo normal y llegan a indignarse (lo he visto con mis propios ojos) si alguien no les entiende hablando en el idioma de Cervantes. Patético, pero parece ser que aún hay muchos ibéricos que son así.

Todo empieza al salir del aeropuerto JFK y subirte a uno de los más de 10.000 taxis amarillos (casi todos del mismo modelo Ford) que transitan por la ciudad y que suelen tener al volante a alguien recién llegado al país. Pensé que era uno más de los tópicos que se ven en el cine, pero tanto el taxista que nos recogió en el aeropuerto como el que nos llevó de vuelta eran de origen hindú. El trayecto (alrededor de 45 minutos) te sirve para darte cuenta de que todos los extrarradios de las grandes ciudades se parecen: casas idénticas alineadas (quien haya ido de Gatwick o Stansted a Londres en tren sabrá de lo que hablo) alrededor de unas carreteras que, en el caso de Nueva York, toman forma casi de autopistas. De repente, a lo lejos, comienza a divisarse la inconfundible silueta de Manhattan, de la que sobresalen el célebre Empire State Building y el no menos conocido -y para mí más hermoso ¿puede ser hermoso un rascacielos?- edificio Chrysler.
Una vez en el centro de la ciudad, regresa esa sensación de paisaje conocido: cientos de lugares para comer (algunos de los cuales no cierran nunca), edificios con escaleras de incendios en su fachada exterior, muchísimas banderas de las barras y estrellas, taxis arriba y abajo, gentes de toda clase y etnia, todo tipo de iglesias (católicas, ortodoxas, evangelistas, adventistas, ucranianas, polacas, sinagogas…), paseadores profesionales de perros, ardillas en los parques, turistas disfrazados de turistas, quiosquillos de prensa gratuita y no gratuita, conductores de autobús muy entrados en carnes, personas que reparten comida y caldo caliente los sábados y domingos a quienes no tienen qué comer… Cualquier cosa que se os ocurra se encuentra fácilmente en Nueva York. Y todo, naturalmente, aderezado con la banda sonora por excelencia de la ciudad: las sirenas de ambulancias, bomberos y policía.

Tengo la firme intención de volver a Nueva York algún día. Ahora se avecinan unos meses donde será difícil hacerlo (está prevista la llegada de un nuevo/a culé en septiembre), pero creo que una sola visita no es suficiente. La primera vez te sirve para hacerte una idea general, para ver ‘lo que hay que ver’. Yo prefiero -como me ocurre con Londres- vivir las ciudades, volver para disfrutarlas sin la obligación de visitar aquel museo o este edificio. No sé cuándo será pero, ya que hacía referencia a algunas películas, os diré que ‘a Dios pongo por testigo que algún día este bloguero regresará a Nueva York’.

Encuentro con Csai D.
Como habréis podido ver en lluvia blaugrana, tuvimos el placer de cenar con Csai D. y su mujer en un fantástico restaurante chino. Fue una cena agradable en la que pude darme cuenta de lo majo que es Diego y, sobre todo, en la que creció mi admiración por Cecilia, especialmente cuando la pobre tiene que hacer de operadora de cámara para que su marido se dedique a hacer las payasadas a las que nos tiene acostumbrados. Espero que las cosas les vayan tan bien como deseen y que tengamos la oportunidad de repetir encuentro, ya sea en Barcelona, en Bogotá o de nuevo en Nueva York.
Cuatro días antes tuve un encuentro anterior con Diego. Fue en el Nevada Smiths, un bar donde tiene su sede una peña barcelonista y en el que pude ver el Almería-Barça y comprobar, al mismo tiempo, cómo sufre los partidos el ‘bloguero más internacional’. Nada más llegar marcó Bojan y, tras el empate, diego sostenía que íbamos a ganar 1-2, por lo que su frustración posterior fue mayor. Estaba allí Albert Vicens, vicepresidente del Barça, y por un momento temí que al decírselo a Csai le saltara a la yugular gritando ‘¡traigan a Mourinho, echen a Ronaldinho, fusilen a Deco!’. No obstante, supo mantener la compostura. Que dure.


Prensa en la calle


Gran Central Station


El edificio Chrysler un par de calles más allá


Ardillas en Tompkins Square Park degustando los cacahuetes de Delta Airlines.


Un servidor desde el Empire State Building


Vista de Central Park


Desfile de gaiteros el día de San Patricio por la 5ª Avenida


Cops frente a Wall Street


Times Square bajo la lluvia
Fotos: depenalty.es