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En el mundo de la información deportiva, vivimos en Matrix. Cada vez lo tengo más claro. Solo que nos hemos equivocado y, en lugar de elegir entre una pastilla azul y otra roja, hemos tomado las dos píldoras. Consecuencia: el caos, la eliminación de ciertas palabras de nuestra realidad (rigor, la primera) y la asunción de otra como si fuera lo más normal del mundo: pereza.

A medida que el mundo mediático se ha ido rigiendo por el negocio, gran parte del gremio periodístico capaz de crear opinión pública se ha vuelto vago. Ha creído que acercarse al poder a cambio de un macutazo para llenar una columna es periodismo, y que seguir la estela de una línea editorial que impide una de las principales reglas del oficio -cuestionarse las cosas- también lo es. Y no, ni una cosa ni otra lo son.

El establishment (político, financiero y también deportivo) ha tenido siempre un acceso fácil y sin obstáculos a los medios de comunicación, tanto que, en más de un caso, incluso forma parte de su accionariado. Difundir su mensaje institucional le resulta muy sencillo; basta con levantar el teléfono -a veces, ni eso- y poner la orden en el conducto reglamentario y adecuado que acaba en alguien que lo teclea en el ordenador y siembre la semilla de la credulidad entre miles de personas.

Sin embargo, a la hora de difundir otro tipo de mensajes en los que hay que enfangarse, el poderoso tiene otra vía: la filtración, el “sabes que fulanito… pero oye, yo no te he dicho nada, ¿eh?”.

No es una figura nueva, pero sí la más perversa que existe, porque desde el momento en que el periodista decide darla por buena y publicarla, está bien jodido. Y lo está porque entonces queda atrapado por sus tentáculos; suavemente si la información es cierta, por siempre si no lo es.

Porque muchos de quienes publican la filtración lo hacen o por comodidad -de ahí la pereza ¿para qué confirmar nada?-, o para no contrariar a la fuente, omnipotente ella. Sea por uno u otro motivo, el que firma acaba enrocándose porque, ¿cómo voy a reconocer que no he contrastado la información y he hecho el ridículo? ¿Cómo voy a hacer eso con lo bien que estoy aquí escribiendo lo que me dicen? A partir de ahí, la dinámica es clara: defiendo lo que he escrito porque me lo han dicho y, además, sigo incidiendo cual martillo pilón en ello. Hasta que llega un momento, claro, en que la “noticia” toma tanto recorrido que no se sostiene.

Hasta hace no demasiado tiempo, el destierro del rigor se limitaba a publicar informaciones sobre el fichaje más que cerrado de Robben por el Barça, el de Villa por el Madrid o el de Silva por el Atlético, “hechos” que, dicho sea de paso, prácticamente nadie se tomaba en serio. “No nos inventamos nada -decían los autores-, si publicamos eso es porque las fuentes nos han dicho que bla bla bla…”.

Ya damos por bueno que el director de un periódico deportivo diga hace un año que pagar 40 millones por un central es un atraco y, doce meses después, que es un acierto y algo imprescindible. Esas cosas no sorprenden.

Lo que llama más la atención es que la filtración sucia y oscura, la que afecta a las personas más allá del circo del deporte (¿recuerdan el rumor sobre la salud de Guardiola en tiempos de Núñez?), también se divulgue con una facilidad pasmosa. Y que la mancha de aceite vaya extendiéndose rápidamente gracias a saber que el mantel es tan grande, tan infinito, que no habrá quien la detenga.

Hasta que un buen día, el sujeto paciente de la filtración se cansa, el cansancio se traduce en respuesta y la respuesta, en explosión, causando la máxima estupefacción entre los opinadores y la mayor cara de satisfacción entre los cobardes que hicieron correr esas mil y una ocurrencias. Objetivo cumplido.

Ahora es labor del escribano hacer el trabajo sucio mientras en confortables y aclimatadas oficinas, lejos del calor estival, los hombres de traje y corbata siguen moviendo los hilos del tonto útil.

Por suerte, siempre habrá gente que mantenga vivo este precioso oficio: el de contar cosas. Porque el periodismo es eso, contar cosas; no inventarlas.

Volviendo a Matrix… y usted, ¿qué pastilla quiere?