Ciclos. Villaratos. Meacolonias. Presidentes que parecen -si es que no lo son- “agilipollaos”. Prensa vomitiva. Fanáticos. Personajuchos todos que rodean un deporte que me ha gustado desde que tengo memoria y que están logrando que yo, que quise ser periodista desde que se inventó la radio de galena, huya de todo ese entorno.

Llevo meses sin escuchar un programa deportivo de radio. Ni siquiera sigo mi tradicional liturgia cuando veo un partido de fútbol, aquella que consistía en bajar el volumen del televisor y sustituir su audio por la narración radiofónica. Me cansa todo esto.

Durante toda una temporada he estado haciendo un programa deportivo -a medias con mi amigo Jordi– al que quisimos dar un aire diferente, desenfadado y al mismo tiempo riguroso. Incluimos una tertulia por la que pasó gente ilustre, desde Martí Perarnau hasta Marcos López (el de El Periódico, no el de “Xavi, la gran mentira“), pasando por Edwin Winkels, Sique Rodríguez, Paco Ávila, Ginés Muñoz, el gran Rafael Arias, Lluís Lainz, Raül Llimós, Paul Giblin, Jordi Costa, Ricky Romero, Manel Lozano, Pepe Gutiérrez, Edu Polo, Àlex Santos o mi compatriota Moisés Llorens, además de un sinfín de blogueros y amigos con los que pasamos buenos ratos.

Al parecer, ese estilo de radio -y por extensión, de periodismo- no se lleva. Vende más el grito, el exabrupto, la falta de respeto, el gallinero esvalotat (lo siento, pero no encuentro una palabra castellana que me ofrezca una traducción fiel), el periodismo de camiseta y vuvuzela, el del “y tú más”, el de las medias verdades que, como diría el Butano, son la peor de las mentiras.

¿A qué viene todo este rollo? Soy un tipo de radio que ha tenido que ganarse la vida fuera de ese medio, a pesar de haberse puesto ante varios micrófonos de unas cuantas emisoras. Soy periodista freelance -ese eufemismo que usamos en el gremio para no decir “autónomo”- y, más allá de lo mal que está el sector, hace veinte años que vivo de lo que escribo.

Vivo de lo que escribo, pero no me gusta el 90% de lo que leo o que escucho. Y eso ha hecho que le dé la espalda como consumidor de información deportiva. Y sé que no soy el único.

Probablemente, mi caso -y el de los que piensan como yo- sea un grano de arena en medio del desierto, pero me duele que la profesión que elegí hasta tantos años camine por una senda tan autodestructiva en la que el rigor y los principios básicos del oficio se arrinconan en el último cajón del escritorio.
En ese juego, al menos de momento, no pienso colaborar. Ni como lector, ni como oyente.