Me gusta el color que está tomando el partido del miércoles frente al Inter. La afición culé, que muchas veces se autoproclama inmerecidamente como la mejor del mundo, está deseando que lleguen las 20:45 del 28-A con la esperanza de alargar hasta el 22-M la andadura blaugrana en la Liga de Campeones.

Grupos en Facebook, hashtags en Twitter, conversaciones en bares (las mejores redes sociales que existen), cartas a los medios de comunicación, blogs… El sarao que se está organizando alrededor de este partido es de los gordos y sólo en ocasiones como ésta -singulares, únicas y repetibles sólo cada pocos años- la masa de socios y aficionados del Barça puede compararse a la de equipos como el Atlético de Madrid, el ¡Cádiz!, algunos clubes británicos o, más recientemente, el Sevilla. El resto de partidos -grandes desplazamientos aparte- somos un cero a la izquierda, y no estaría de más que lo reconociéramos.

Desde aquí me uno también al deseo de remontar la eliminatoria con el Inter y me congratulo, al mismo tiempo, de que no hayamos caído en la tentación ikerjimenista de recuperar espíritus de jaimito y cosas por el estilo. Creo que el Barça puede llegar a la final de Madrid porque si hace lo que sabe hacer es, sencillamente, mucho mejor que el equipo de Mourinho. No hay más secreto que ese.

Pero me uno también al deseo y a la impaciencia culé por otro motivo: estoy convencido de que el equipo sabrá abstraerse de toda esa presión que entre todos estamos generando. Sabrá enchufarse y plantarse sobre el terreno de juego como ha venido haciendo desde septiembre de 2008.

Luego, como al fin y al cabo esto es un juego, que pase lo que tenga que pasar. Y que nos quiten lo bailao.