El niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro. Eso es el Real Madrid para cierta prensa deportiva de este país.

Porque, en efecto, todo lo bueno y lo malo del clásico del sábado corrió a cargo del Real Madrid. No entraré a valorar la “exhibición de juego merengue” (!?) que comentaron en Real Madrid Televisión, pero sí me gustaría saber por qué la oportunidad de Drenthe es un fallo del holandés y no un acierto de Valdés y en cambio, en la otra portería, se habla de la resurrección de Casillas en lugar de los errores de los delanteros culés.

El Real Madrid saltó al césped del Camp Nou acomplejado, temeroso y pensando en encajar el menor número de goles posible. De ahí la alegría con la que muchos -periodistas, aficionados y jugadores- recibieron el 2 a 0 final.

El colmo del cinismo lo escuché ayer en Radio Marca (¿por qué carajo seguiré martirizándome así en el coche?). Su director, Paco García Caridad, tuvo la genial ocurrencia de decir que el modo en que celebraron los goles los jugadores del Barça era consecuencia de saberse inferiores al Madrid. El autor de las peores transmisiones de fútbol de la historia de la televisión en España parece haber olvidado que en un Barça-Madrid hay algo más en juego que los tres puntos. Y lo hay para los dos equipos y sus respectivas aficiones. Si no es así, ¿a qué tanto cuento con el pasillo famoso de hace unos meses? ¿A qué venían aquellas portadas donde una flechita indicaba la parte del Bernabéu donde se haría el pasillo? ¿A qué tanto jolgorio por los 4 goles que encajó el aquella noche vergonzante equipo de Rijkaard?

Muchos de los aficionados culés no han conocido las frustrantes épocas en que las ligas llegaban cada diez o doce años. En los últimos veinte años, el Barça ha ganado tantas ligas como el Madrid (8) y han llegado también las 2 copas de Europa que se exponen en las vitrinas del club.

¿Es eso inferioridad? Tal vez en los oscuros tiempos de Saporta, Bernabéu y el régimen anterior sí hubiese ese sentimiento, no lo niego. Pero hoy no lo hay. Y que alguien que vive -y muy bien, intuyo- de informar y estar informado respecto al fútbol, no puede quedarse más obsoleto que el primer SEAT 600 de Manuel Fraga. Abra los ojos, amigo Caridad. Ábralos y se dará cuenta que la añoranza de otros tiempos puede tener su encanto, pero no sirve para ganar partidos de fútbol. Ni Gento corre la banda izquierda ni Di Stéfano remata los saques de esquina. Eso quedó atrás.

La diferencia
Dejemos la inferioridad y pensemos en qué diferencia hoy al Madrid del Barça. Más allá de los éxitos deportivos que mencionaba antes, esas dos décadas han servido para ensanchar una diferencia cualitativa entre los dos grandes del fútbol español. Su estilo de juego. El Barça lo tiene; el Madrid, no.
Y ese estilo, ese nivel de exigencia del Camp Nou, es el que hará que el equipo azulgrana jamás plantee un partido tan miserable (todos atrás, leña a la figura contraria y patadón arriba, igual que Javier Clemente) como el que planteó Juande Ramos el sábado pasado.

Estoy convencido que la afición del Bernabéu es tan exigente como la del Camp Nou. Los silbidos ante el mal juego del equipo en más de una ocasión así lo demuestran. Lo que no entiendo es cómo se dejan embaucar (¡al loro!) y no luchan por tener un estilo claro que les defina y cuyo último exponente se remonta a la Quinta del Buitre, hace ya 25 años. La improvisación y las alusiones a espíritus del más allá no sirven más que como parche pasajero.

Desde mi perspectiva culé, mientras el Madrid y su entorno sigan aludiendo a la casta como argumento deportivo y aceptando como buena una derrota por 2 a 0 en el Camp Nou, estaré tranquilo. Sé que el Real Madrid no está muerto y que la Liga no está decidida porque hay otros cuatro equipos más próximos al líder en la clasificación. Lo que espero es que sigan, como el amigo de Peret, tomando cañas.