Me pongo en la piel de los aficionados del Espanyol y creo -sólo creo, la certeza no puedo tenerla- que puedo entender la sensación de vivir relegados a un segundo plano sin quererlo. Debe ser muy difícil vivir a la sombra de un club que acapara páginas y minutos en unos medios de comunicación que, cuando lo hacen, te dedican un rincón en sus páginas o unos segundos al final del programa de radio o de televisión. Y debe ser aún más difícil, supongo, sentirte marginado sin haber hecho nada para merecerlo.

 

Desde mi prisma culé -mediática, económica y políticamente privilegiado y confortable, lo reconozco- ser periquito es digno de admirar. Sin embargo, tengo la impresión de que la afición del Espanyol vive en guerra perpetua. Vivir “contra” algo no es vivir. Los culés lo hemos hecho durante décadas (tal vez lo sigamos haciendo), especialmente cuando el club blaugrana ganaba un título de Liga cada once o catorce años. La culpa era -y para algunos sigue siendo- de Madrid, y todos los argumentos que se esgrimían para justificar los fracasos, la impotencia o las derrotas miraban siempre hacia la capital del reino. Para mí eso ha sido y es un error, y la prueba está en que el club volvió a retomar la senda del triunfo cuando, de la mano de Cruyff como entrenador, dejó de mirar al centro de la Península Ibérica y se centró en los problemas internos y en la puesta en marcha de una filosofía de juego y de funcionamiento que aún está vigente.

 

El Espanyol tiene hoy una oportunidad histórica para dar el salto de calidad que lo convierta, como han hecho otros equipos de ‘clase media’ (Deportivo, Sevilla, Vila-real…), en un equipo ganador. En los últimos años ha conseguido dos Copas del Rey, ha quedado a un solo punto de disputar la Liga de Campeones y ha llegado a una final de la Copa de la UEFA. Tiene un magnífico entrenador, un equipo que mejora año a año y todos los ingredientes para sumarse al grupo de los ganadores. Pero para ello tiene que superar el complejo de inferioridad que tienen sus directivos y gran parte de sus aficionados. Debe centrarse en la oportunidad que supone la construcción de su nuevo estadio y el crecimiento de su patrimonio y hacer como los grandes equipos: ordenar la casa, olvidarse del vecino y crecer.

 

La situación es la que es y seguramente el Espanyol nunca podrá superar en seguimiento mediático o en número de aficionados al Barça. Pero sabiendo hacia dónde y cómo ir, la directiva del Espanyol podría conseguir que la rivalidad Espanyol-Barça volvería a ser lo que era en los años 50: rivalidad deportiva en términos de igualdad, sin complejos.

 

El camino no es sencillo, especialmente mientras gentes como Daniel Sánchez Llibre y Joan Laporta se empeñen en portarse como niños mimados, estúpidos, maleducados e irresponsables.

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