Sin goles. Así acabó el que todos decían que era el mejor partido de la primera jornada de la Liga de Campeones.

El presunto duelo Eto’o-Ibrahimovic acabó en nada. El camerunés, sin sus compañeros del año pasado, no es el mismo. Marcará muchos goles, seguro, pero su aura como hipergoleador (al que le estaré siempre agradecido) acabará diluyéndose como un azucarillo en el café. En cuanto al sueco, tampoco aportó gran cosa. Juego de colaboración con sus compañeros y algún remate que otro fuera de los tres palos.

Lo que sí quedó claro es la que pueden ofrecer, a día de hoy, Inter y Barça. Uno, el eterno aspirante al trono europeo, parecía entrenado por Maguregui más que por Mourinho (aunque, bien pensado, costaría encontrar diferencias entre ambos). El otro, el vigente campeón de todo, demostró que no renuncia a su juego de dominio y control aunque pecara de falta de chispa arriba.

Lo mejor de todo es que esto puede servir para rebajar las expectativas que la gente ha depositado sobre el equipo de Guardiola, a quien exige que borde el fútbol en cada partido. El Barça fue mejor y mereció ganar, pero nadie marcó porque frente a las delanteras hubo dos muñecos de verdad (Valdés y Julio César), y no el pobre hombre que vimos el día antes en Suiza.

Ahora viene un período de no sé cuántos partidos cada tres días. Disfrutemos de ellos uno a uno. No vendamos, como hacen otros, ya que vamos ‘camino de la décima cuarta’.