La Asamblea de Compromisarios del F.C. Barcelona decidió ayer, entre otras cosas, votar a favor de ejercer una acción de responsabilidad social contra la Junta Directiva de Joan Laporta entre los años 2003 y 2010. En la práctica, esto significa que la directiva saliente será llevada a los tribunales para que un juez dictamine si los directivos salientes deben responder a los 48’7 millones de euros que la junta de Rosell achaca a su mala gestión.

Lo que iba a ser una mera batalla de números (Laporta hablaba de 11 millones de superávit y Rosell cuenta 79 de déficit) se ha convertido en una bomba social culé y, como diría el Butano, en una “bomba informativa”.

Porque lo que ha acabado ocurriendo es que se ha hecho una utilización perversa de un mecanismo de control económico del club. Perversa e interesada, casi tanto como la exposición que el auditor de KPMG realizó durante la mañana de ayer frente a los socios, donde parecía más un directivo entrante que un profesional independiente.

No conviene olvidar que la famosa acción de responsabilidad (a partir de ahora la llamaremos ADR, como si de transporte de mercancías peligrosas se tratara) sirve para que una directiva saliente responda de una mala gestión global, es decir, desde el momento en que llegó hasta el que abandona el timón del club. O sea, desde 2003 hasta 2010.

Y a nadie se le escapa que la votación de ayer no juzgaba eso, sino que de facto se pidió (a base de filtraciones a la prensa madrileña, fundamentalmente) a los compromisarios que juzgaran si Laporta y sus directivos eran unos chorizos que se iban de juerga y se daban la gran vida a costa del Barça. Eso fue lo que se votó ayer. No se juzgó el balance económico de un mandato de siete años, sino que se organizó una montería al más puro estilo La Escopeta Nacional contra la directiva saliente. Por eso digo que se ha hecho un uso perverso de la ADR.

Y luego está el papel del Presidente Rosell.
Durante unos minutos me pareció ver por primera vez en él a un líder. Fue cuando habló ante los socios compromisarios para exponerles la trascendencia de la votación de la ADR. Expuso razones a favor y en contra, y lo hizo con una aparente sinceridad que me convenció.

Pidió tres minutos de reflexión a los socios y luego se escondió. Tiró la piedra y escondió la mano. Eludió su papel de líder y de depositario de la confianza del 60% de los socios en las últimas elecciones. Votó en blanco y evitó pronunciarse en algo que él mismo había promovido al llevar la ADR a la asamblea, haciendo que toda la responsabilidad recayera en el millar de socios que estaban presentes en el Palau de Congressos de Catalunya. Un millar de socios que había aprobado las cuentas por aplastante mayoría y que, en cambio, mostraron la división que les afecta al votar la ADR (468 síes, 439 noes, 113 votos en blanco).

¿Se asustó Sandro? Lo ignoro, pero sí sé que ahora tiene motivos para estarlo, porque ha sido él mismo -autoerigido en tantas ocasiones como el Lancelot que busca sin cesar el Santo Grial que es la reunificación del barcelonismo- quien ha encendido la mecha del explosivo que ha hecho más profunda la zanja que divide a los culés. Y sabe que ahora va a tener una lupa encima de cada acto, de cada palabra y de cada euro gastado de las arcas del club. Pero, sobre todo, sabe que va a tener una oposición dura y que esperará, con las garras y los colmillos afilados, su oportunidad para saltar a su cuello.

Y los socios, mientras tanto, a ver cómo el club sigue año tras año en los tribunales.

¿Qué conclusiones saco de todo esto?
– La primera es que el Barça es un club democráticamente vivo, tal vez el único donde es posible que los socios pongan en apuros a un presidente actual o anterior.
– La segunda, que Joan Gaspart debe estar respirando aliviado porque a nadie se le haya ocurrido llevarle a él a los tribunales.
– La tercera, que Joan Laporta debe ser el único presidente al que hechos iguales se le computan de forma distinta. A su junta entrante se le achacaron sesenta y pico millones de pérdidas del último ejercicio de Gaspart, mientras que las últimas pérdidas de su ejercicio (que según él no existen) también se le cargan a Laporta en lugar de a la junta entrante. La venta de Henry se le cuenta como pérdidas pese a hacerse después del 1 de julio (ya con Rosell), y en cambio la de Touré no se le contabiliza como ganancias, sino que se apunta en el haber de la nueva junta. And so on, que dirían los ingleses. Y no olvidemos que la ADR se hace por unas presuntas pérdidas que lo son o no en función de la interpretación de las cuentas.
– La cuarta conclusión que extraigo es que tras la asamblea de ayer, la paz social cuelga de un hilo. Y ese hilo se llama Josep Guardiola. Mientras el técnico de Santpedor sea capaz de mantener aislado al vestuario y de seguir cosechando éxitos, todo irá más o menos bien. Si la pelotita no entra, habemus follón. Espero no tener que verlo.
– La quinta no es una conclusión, sino una duda: si las pérdidas son globales de un mandato y los directivos tienen que responder mancomunadamente de ellas, ¿una sentencia contraria a la directiva de Laporta afectaría a Rosell, Bartomeu, Monés y Moix? ¿Tendrían que rascarse también ellos el bolsillo?

La Asamblea empezó como nunca y acabó como siempre, con los turnos abiertos de palabra en los que dio tiempo a hablar de lengua, de goteras, de filtraciones a la “caverna mediática”, de Cruyff, del acceso al parking… E incluso pudimos ver a Cristian Castellví, ex-bloguero y uno de los promotores de la moción de censura contra Laporta, ejerciendo su derecho a preguntar a la Junta Directiva sobre el coste de cierta empleada de origen brasileño que en su día ya salió en La Noria, Sálvame o algún programa basura de ese estilo.

Menos mal que, apenas unas horas después, el Barça supo recuperarse de una primera parte desastrosa para darle la vuelta al partido y vencer a un gran Valencia. Pero eso es otra historia.