La etapa de Ronaldinho en el Barça acabó oficialmente ayer, si bien el verdadero final hay que buscarlo en el estadio Vicente Calderón, donde el brasileño marcó su último gol con la camiseta blaugrana.
El Milán pagará 21 millones fijos más otros 4 variables que, dadas las condiciones que tienen que cumplirse, harán que el traspaso se cierre en 25 millones, algo menos de lo que el Barça pagó por él al París Saint Germain el verano de 2003.

En estos años, el juego y la forma de ser de Ronaldinho le han convertido en uno de los más grandes que han pasado por el Camp Nou. Llegó siendo un semidesconocido y su magia le llevó a ganar títulos y a ser una megaestrella, con lo bueno y lo malo que todo eso conlleva.

Hoy, el culé tiene una sensación agridulce. Por un lado, siente que pierde al tipo que le hizo recuperar la sonrisa; por otro, se alegra de desprenderse de quien lleva un año entero (siendo generoso) arrastrándose dentro y fuera de los terrenos de juego.
Con el tiempo, estoy seguro de que el aficionado culé ubicará a Ronaldinho donde le corresponde. Sabremos apreciar que tuvimos al mejor jugador del mundo durante tres temporadas, igual que disfrutamos de la plenitud de tipos como Ronaldo, Figo, Laudrup o Rivaldo.

Ahora, Ronaldinho se va feliz a sonreír a San Siro dejando en las arcas del club una buena cifra. El Barça está contento y el Milán, también. El reto, ahora, será emplear bien esa cifra a la hora de reforzar el equipo. Aprovechemos que por una vez se ha vendido bien y movamos las teclas que correspondan para traer lo que Guardiola necesita.

Foto: El País