Anoche volví del Camp Nou con una sensación extraña, a medias entre cabreo y estupefacción, de manera que decidí no escribir el post sobre el derby y dejarlo para hoy. Tenía demasiados nombres en la cabeza (Valdés, De la Peña, Pochettino, Delgado Ferreira, Guardiola…) para sacar algo en claro.

De hecho, aún creo que ayer asistí a varios espectáculos diferentes sobre el césped del Estadi. Uno, por el que pago, lo intentó protagonizar -con pocas luces, es cierto- el Barça. A medida que avanzaba el primer tiempo, me pareció revivir el partido contra el Madrid del pasado diciembre, un encuentro donde un equipo tocaba y movía el balón mientras el otro se dedicaba a perder el tiempo desde el primer minuto recurriendo a todos los ardides posibles, desde demorar los saques de banda o de puerta hasta simular síncopes, ataques de epilepsia y anginas de pecho cada vez que notaba cerca la presencia de un contrario.

Y ahí es donde entra el segundo de los espectáculos, protagonizado por el Espanyol: un equilibrio perfecto entre el modo más patético de jugar(?) al fútbol y el espectáculo teatral de fin de curso de un colegio de primaria. Seguramente es lo máximo que puede esperarse de un equipo formado por medianías que va camino de jugar el año próximo en Montilivi, en el Martínez Valero o en el Nou Estadi de Tarragona.
Ayer ganaron haciendo lo mejor que saben: no jugar al fútbol (me gustaría que alguien dijera cuánto tiempo de juego efectivo hubo en el derby) y esperar que suene la flauta en forma de regalos de la defensa o de Valdés. Para que luego digan que los equipos grandes no son generosos. Enhorabuena.

Del Villarato no voy a hablar, aunque anoche pasara por el Camp Nou la peor reencarnación de Andújar Oliver, un tipo que tardaba siglos en mostrar tarjetas como si esperara que alguien le dijera por el pinganillo qué era lo que tenía que hacer. Expulsó a Keita en una entrada dura -a mi modo de ver, no merecía más que una tarjeta amarilla- y a partir de ahí encendió los ánimos de todos.

En cualquier caso, el arbitraje no es excusa para una derrota que ha tardado en llegar veintitantas jornadas. Cabrea, sí, pero quejarse es, además de inútil, absurdo. Habría que preguntarse las razones de los cambios que hizo Guardiola y, más importante aún, por qué los jugadores se dejaron la presión, la ambición y las ganas de ganar en el vestuario.

Cada vez que algún iluminado dice que la Liga española es mejor que la inglesa porque los equipos de la parte baja podrían equipararse a los de la segunda división de aquí, me echo a reír. Allí, el Portsmouth, el West Bromwich Albion o el Stokes de turno salen a jugar, aunque sea a base de pelotazos arriba para que el delantero tanque las baje e intente algo; por el Camp Nou, salvo el Valladolid y el Sporting, el resto de equipos -Madrid incluído- han salido a practicar otra cosa, pero no fútbol. Por miedo, por falta de recursos, por pobreza de ideas… por lo que sea. Y jugando así, cada vez tengo más claro que algunos van a tener el campo más moderno de todas las segundas divisiones europeas.

No tengo dudas: la liga será blaugrana
Se han disputado 24 jornadas de Liga y el Barça es, pese a quien pese, un líder sólido. El equipo ha demostrado -al contrario que ocurrió hace un par de temporadas- que tiene carácter, juego, calidad y ganas de vencer. Por eso tengo claro que el título no se le escapará al equipo de Guardiola. Tardará más o menos, pero estoy convencido de que esta liga será blaugrana. Como decía el Butano, “el tiempo es ese juez insobornable que da o quita razones”. Esperemos, pues, tranquilos.