Hasta el miércoles pasado, había estado en el Reino Unido en tres ocasiones viendo al Barça: dos en Stamford Bridge (1-2 y 1-0) y una en Anfield, donde ganó el equipo local por un solitario gol tras un absurdo penalty de Kluivert.
Siempre he pensado que el mejor y más puro ambiente de fútbol lo viví en el campo del Liverpool. Hasta esta semana. Pero vayamos por partes.

Glasgow
La ciudad de Glasgow no es especialmente bonita, pero tiene algo -no sé qué es, lo reconozco- que te hace sobrellevar perfectamente el frío de febrero, el viento y esa lluvia débil pero pertinaz e insistente que te acompaña desde que llegas hasta que abandonas la ciudad.
Tras salir del avión, una agradable sorpresa: el autobús que nos traslada del aeropuerto hasta Buchanan Street, en pleno centro de Glasgow, ¡¡tiene wi-fi gratis!! (otra cosa que podríamos aprender por aquí).
Luego un paseíto hasta el hotel, un par de pintas con la comida y otro par por la tarde y tren hasta Celtic Park. Como nuestro avión de regreso no sale hasta el jueves por la tarde y nos queda tiempo para pasear más (tienda Apple incluida, donde toqueteé el iPhone y el MacBook Air, ambos sorprendentes), decidimos llegar al estadio algo más de dos horas antes. Bajamos en la estación de Dalmarnock (Dail Mheàrnaig, en gaélico) y a lo lejos se ven las luces de Celtic Park. El feudo de los Bhoys se encuentra algo alejado del centro de la ciudad, en un enclave en el que conviven hileras de casas adosadas con naves industriales, parcelas abandonadas y algunos parterres con verde césped. Aun así, su figura es imponente.
Al llegar al campo, localizamos nuestra puerta de entrada y nos sorprende que la afición culé se ubique en la Lisbon Lions Strands (la grada dedicada al equipo blanquiverde que convirtió al Celtic en el primer equipo británico en ganar la Copa de Europa -Lisboa, 1967-). A pocos metros, empiezo a ver una serie de caras conocidas haciendo cola frente a otra puerta vecina: Laura Martínez y Edu Polo (Cadena SER), Víctor Patsy (TV3) y otros periodistas guardan turno haciendo broma mientras reciben sus acreditaciones. Echo de menos a Joan Maria Pou, el narrador de los partidos de RAC1, pero a mi vuelta me enteré que no llegó por problemas con los vuelos.
De repente, se oyen cánticos. Llega el autobús del Celtic y la gente que se agolpa frente al aparcamiento comienza a gritar y a animar a los suyos. A los diez minutos, otro autocar llega a la misma puerta y aparece Carlos Naval, el delegado del Barça, seguido por los técnicos y los jugadores. El último en salir fue Ronaldinho, abucheado por algún osado escocés. Él sonríe como si supiera lo que iba a pasar después. Con los protagonistas dentro, el turno es ahora nuestro.

El estadio
Tras pasar por un estrecho torno -muy estrecho, diría- subimos a nuestras localidades. Veo que están regando el césped y que el córner donde ubican a los culés es la única zona del campo con público, lo que me permite apreciarlo con detalle y hacerme una imagen con la que compararlo cuando la afición escocesa lo llene (quizás el único aspecto en que la afición del Camp Nou y la de Celtic Park se parecen es que todos llegan al campo con el tiempo justo). Pocos minutos antes del pitido inicial, la gente canta sin parar y la megafonía nos da la bienvenida en catalán, primero, y nos pone el Himno del Barça, después. Termina el Cant del Barça y suena el ya famoso ‘You’ll never walk alone’ con Gerry & the Pacemakers de fondo. La gente, la escocesa y la catalana, alza sus bufandas, une sus gargantas y canta. De repente, los altavoces callan y sólo se oyen 60.000 voces entonando el ‘walk on, walk on…’. Yo ya escuché esa misma canción en Anfield y pensé que lo de Liverpool no podía superarse. Me equivoqué. Podría explicarlo o tratar de describirlo con palabras, pero no lo conseguiría, así que os emplazo a escuchar la grabación que hice en el próximo programa de De Penalty Radio.

El partido
No hablaré del partido en sí, aunque no negaré que disfruté mucho con él. De hecho, hoy lo he visto repetido en Canal+ Fútbol y en frío he confirmado la buena imagen que me llevé. De fútbol ya se ha hablado mucho, así que permitidme centrarme en los seguidores escoceses.
Lo de los aficionados de Celtic Park es impresionante, inenarrable, indescriptible y envidiable para lo que estamos acostumbrados a ver o, mejor dicho, a sufrir por aquí. Deberíamos aprender a vivir el fútbol como lo hacen allí, pasionalmente y con una incondicional forma de apoyar a su equipo. Cantan, saltan, rugen, vuelven a cantar y, si el rival lo merece, no dudan en reconocerlo con aplausos a los jugadores adversarios.
No sé si el buen rollo entre los aficionados del Celtic y los del Barça tiene algo que ver con algún tipo de paralelismo político o es fruto de los destrozos que organizaron los aficionados del Rangers hace 25 años. No tengo la menor idea. Pero que esa relación es buena es innegable. Tanto que al salir del estadio eran muchos los escoceses que intercambiaban bufandas con los culés. A mí me costó la que compré el 17 de mayo de 2006 en París, pero no podía negarme.
Ahora, en su lugar, tengo una bufanda a rayas verdes y blancas con la que más de una tarde de invierno, tal vez mañana, acudiré al Camp Nou para protegerme del frío.