Ramón Calderón se ha ido. O, mejor dicho, le ha puesto de patitas en la calle una curiosa mezcla de torpeza propia y de persecución finalizada en un ejemplo magnífico de periodismo de investigación plasmado en los ‘Marca’ de esta semana y chapuceramente obviado por algunos medios del grupo Prisa.

Estoy convencido de que Calderón no es el primer presidente de club que hace y deshace a su antojo. Tanto como de que ha sido el más torpe, el más pardillo y el peor acompañado del mundo. Pero más allá del truculento asunto de la asamblea (si no fuera tan grave sería para partirse de la risa), me pregunto -y supongo que no soy el único que lo hace- el porqué de todo este follón. Me pregunto cómo se ha pasado de tomar a Calderón como un filón para vender periódicos (recordad las portadas con los fichajes de Kaká, Cesc y Cristiano Ronaldo) a verle como poco menos que un delincuente digno de las peores épocas del Pozo del Tío Raimundo.

Leo en Sport un brillante análisis de Martí Perarnau y entiendo algunas cosas, pero del mismo modo estoy seguro de que un tipo con mayor personalidad habría sobrevivido a esta crisis. Y lo habría hecho porque no habría permitido que se supiera nada.   

Pese a rodearse de pijos y gente guapa (?), Calderón jamás encajó en el sillón que ocupaba. Le venía grande. Tal vez por ingenuo o tal vez por todo lo contrario, el que quiso pasar a la historia como uno de los mejores presidentes del único club que es “más importante que el Pentágono” será recordado como el Lech Walesa del madridismo, como aquel socio guerrillero en el astillero de las asambleas que una vez alcanzado el poder se corrompió.

Ahora, el Madrid tiene a su segundo Enric Reyna en dos años. Vicente Boluda será el encargado de llevar la nave a unas elecciones que, si no se pone remedio antes, volverán a celebrarse bajo el manto de sospecha de las últimas y con un voto por correo que es cualquier cosa menos limpio y democrático.

Ya veremos cómo acaba la cosa.
Nosotros, a lo nuestro. Ya sufrimos bastante no hace tanto tiempo.